Semana Santa entre represión y pobreza bajo el régimen Ortega-Murillo
Entre vigilancia policial, tradiciones perseguidas y una canasta básica que supera con creces los ingresos de muchas familias, la Semana Santa en Nicaragua se vive hoy entre el miedo, el sacrificio económico y la resistencia silenciosa de quienes se aferran a su fe.
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DaríoMedios Internacional
4/4/20266 min read


Durante décadas, la Semana Santa fue una de las celebraciones más profundas de la vida cultural y religiosa en Nicaragua. En ciudades como León, Granada o Masaya, miles de personas acompañaban procesiones que recorrían las calles entre cantos, rezos y alfombras de aserrín elaboradas por las propias comunidades.
Los barrios organizaban viacrucis, los jóvenes participaban en representaciones populares y las familias preparaban comidas tradicionales que formaban parte de una herencia cultural transmitida por generaciones.
Estas celebraciones no solo representaban un acto de fe, sino también un momento de encuentro social que unía a comunidades enteras. Durante estos días las calles se convertían en escenarios de devoción colectiva, donde la religiosidad popular se mezclaba con tradiciones culturales profundamente arraigadas en la identidad del país.
Hoy ese panorama se ha transformado de manera drástica. En la Nicaragua actual muchas de estas manifestaciones religiosas ya no se viven con la misma libertad. La presencia policial, las restricciones a tradiciones populares y el clima de temor han cambiado profundamente una de las celebraciones más importantes del calendario religioso.
La dictadura extendió la represión a la fe
Tras la crisis política que estalló en 2018, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo extendió su control a prácticamente todos los espacios de la vida pública, incluyendo las expresiones religiosas.
En los años posteriores, sacerdotes y comunidades parroquiales han denunciado vigilancia policial en iglesias, presiones sobre actividades pastorales y restricciones a procesiones que durante décadas se realizaron libremente en las calles.
En varios municipios del país, la Policía al servicio del régimen ha impedido la salida de procesiones o ha desplegado operativos para vigilar celebraciones religiosas. En algunos casos, las parroquias han optado por realizar sus actividades dentro de los templos para evitar confrontaciones con el aparato policial.
Para muchos creyentes, el resultado ha sido claro: la fe que durante generaciones se expresó libremente en las calles ahora se vive con cautela.
Tradiciones culturales bajo persecución
Las restricciones no solo han afectado las ceremonias litúrgicas. También han alcanzado tradiciones culturales profundamente arraigadas en las comunidades.
Una de las más conocidas es la representación de los judíos errantes, una tradición popular que durante generaciones ha formado parte de las celebraciones de Semana Santa en municipios del occidente del país. En estas representaciones, jóvenes disfrazados recorren las calles recreando personajes simbólicos relacionados con la Pasión de Cristo.
Durante décadas esta práctica fue un evento comunitario que reunía a vecinos, familias y visitantes. Sin embargo, en los últimos años quienes intentan mantener viva esta tradición han denunciado persecución policial, lo que ha generado preocupación entre comunidades que ven amenazada una práctica cultural transmitida por generaciones.
Telica: cuando la tradición se vuelve un riesgo
Uno de los episodios más recientes ocurrió en el municipio de Telica, León, donde pobladores denunciaron lo que describen como una “cacería policial” contra jóvenes que participaban en la representación de los judíos errantes.
Según testimonios de vecinos, patrullas de la Policía al servicio del régimen se desplegaron en la zona tras detectar a los muchachos disfrazados. La situación escaló cuando Blanca Emelina Baca Medina, una mujer de aproximadamente 30 años, intervino para pedir que los jóvenes pudieran continuar con la tradición.
Testigos aseguran que los agentes reaccionaron con violencia, irrumpieron en su vivienda y la sacaron por la fuerza frente a sus hijos. Hasta ahora su paradero sigue siendo incierto, lo que ha incrementado el temor entre los habitantes del municipio.
Para muchos pobladores, lo ocurrido refleja un patrón más amplio: tradiciones que durante décadas formaron parte de la vida cultural hoy se enfrentan al control del aparato policial del régimen.
Jinotega: la procesión que Murillo mostró bajo presión internacional.
En medio de las crecientes críticas internacionales por la represión contra la Iglesia católica en Nicaragua, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo exigió la salida de una procesión en el municipio de Jinotega, un hecho que sorprendió a muchos fieles que durante los últimos años han visto cómo estas manifestaciones religiosas eran restringidas o confinadas dentro de los templos.
El hecho ocurrió cuando el sacerdote Rafael Ríos Gadea, identificado como cercano al oficialismo, sacó el Solemne Cortejo Procesional desde la Catedral San Juan Bautista y recorrió algunas calles de la ciudad durante el Miércoles Santo.
Durante los últimos años, la Policía al servicio del régimen había impedido que muchas de estas procesiones salieran a las calles, manteniendo bajo vigilancia a parroquias y comunidades religiosas.
La salida de esta procesión ocurre en un contexto de presión internacional creciente sobre la dictadura nicaragüense. Días antes, el vicesecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, denunció públicamente que el régimen de Ortega y Murillo estaba negando a los nicaragüenses el derecho a profesar su fe en las calles al prohibir las procesiones de Semana Santa, recordando que el país históricamente ha sido escenario de algunas de las celebraciones religiosas más emblemáticas de la región.
Sus declaraciones volvieron a colocar la represión religiosa en Nicaragua bajo el foco internacional y aumentaron la presión diplomática sobre el régimen.
En ese contexto, la salida del cortejo procesional en Jinotega aparece como una reacción del poder para mostrar alguna evidencia de apertura religiosa tras las críticas provenientes de Washington.
Mientras esta procesión logró salir a las calles, en numerosas comunidades del país las celebraciones continúan bajo vigilancia policial o confinadas dentro de los templos.
La economía también golpea la Semana Santa
A la represión política se suma otro factor que golpea directamente la forma en que los nicaragüenses viven estas celebraciones: la difícil situación económica del país.
El costo de la canasta básica en Nicaragua supera los 21 mil córdobas, una cifra que para muchas familias resulta imposible de cubrir con sus ingresos mensuales.
A partir del 1 de marzo de 2026, el salario mínimo registró un aumento del 4 % para nueve sectores económicos, estableciendo pagos mensuales que oscilan aproximadamente entre 6,188 y 13,848 córdobas, dependiendo de la actividad laboral.
Aunque el ajuste fue presentado como una medida para enfrentar el aumento del costo de vida, diversos sectores señalan que estos salarios siguen siendo insuficientes para cubrir el valor total de la canasta básica, lo que obliga a muchas familias a reducir gastos incluso en alimentos.
Tradiciones culinarias cada vez más difíciles
Esta situación económica impacta directamente las tradiciones culinarias que históricamente han acompañado la Semana Santa.
Durante generaciones, las familias nicaragüenses prepararon platos tradicionales como pescado seco, miel de jocote, almíbar de frutas, torrejas o sopa de queso. Estas comidas formaban parte de la identidad cultural de estas fechas y representaban momentos de encuentro familiar.
Sin embargo, el aumento constante de los precios ha hecho que muchas de estas preparaciones se vuelvan cada vez más difíciles de sostener. El pescado seco, uno de los productos más consumidos durante la Semana Santa, ha aumentado considerablemente de precio en los mercados, al igual que el queso, las frutas utilizadas para el almíbar y otros ingredientes tradicionales.
Para muchas familias, mantener estas costumbres implica hoy hacer sacrificios económicos importantes o reducir las cantidades que antes se preparaban con abundancia.
El temor a la delincuencia
A este escenario se suma una creciente preocupación por la delincuencia, diversos sectores han advertido que los indultos y liberaciones masivas de reos comunes realizados por el régimen en los últimos años han generado inquietud entre la población.
En barrios y comunidades del país, ciudadanos aseguran que los robos y asaltos se han vuelto más frecuentes, lo que ha incrementado la sensación de inseguridad.
Este clima también influye en la forma en que las personas participan en celebraciones comunitarias o actividades religiosas.
Una fe que resiste
A pesar de la represión política, las dificultades económicas y el temor social, la fe continúa siendo uno de los pocos espacios de encuentro para miles de nicaragüenses, los templos siguen llenándose durante las celebraciones litúrgicas, los barrios organizan pequeños viacrucis y muchas familias mantienen vivas las tradiciones dentro de sus hogares.
La Semana Santa en Nicaragua ya no se parece a la de décadas pasadas. Hoy convive con vigilancia policial, pobreza creciente y temor social.
Pero a pesar de ese contexto, miles de ciudadanos siguen encontrando en la fe una forma de resistencia silenciosa, manteniendo vivas tradiciones que forman parte de la identidad cultural del país.



