Rubio desarma la propaganda de Ortega y Murillo tras la derrota republicana

El secretario de Estado aclaró que Trump mantiene el control de la política exterior pese al nuevo equilibrio en el Congreso.

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DaríoMedios Internacional

11/6/20264 min read

Los voceros de Daniel Ortega y Rosario Murillo han convertido los resultados de las elecciones de medio término de Estados Unidos en un motivo de celebración anticipada, intentando instalar entre los nicaragüenses la idea de que la derrota republicana representa el fin de los esfuerzos de la administración de Donald Trump contra la dictadura de Managua.

Después de que los demócratas consiguieran el control de la Cámara de Representantes y del Senado en los comicios del 3 de noviembre, las voces afines al régimen comenzaron a presentar el resultado como un supuesto revés para quienes esperan un cambio político en Nicaragua. Incluso han recurrido a burlas contra los exiliados nicaragüenses, con expresiones como «ni hagan maletas», tratando de convencerlos de que la presión internacional perderá fuerza y que Ortega y Murillo podrán continuar en el poder sin mayores amenazas.

Pero esa interpretación omite un elemento fundamental del sistema político estadounidense: el resultado electoral modifica el equilibrio de poder en el Congreso, pero no elimina las facultades constitucionales del presidente para dirigir la política exterior del país.

Marco Rubio desmiente la propaganda de la dictadura

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ya había abordado este escenario antes de las elecciones, cuando fue consultado sobre las posibles dificultades que enfrentaría la administración Trump si los demócratas recuperaban el control del Congreso.

Rubio reconoció que el Poder Legislativo tiene atribuciones en materia de política exterior, especialmente en la aprobación de fondos, la supervisión y el control legislativo. Sin embargo, dejó claro que las directrices presidenciales no cambiarían automáticamente por una modificación de las mayorías parlamentarias.

«Nuestra política exterior está dirigida en gran medida por el Poder Ejecutivo», explicó el jefe de la diplomacia estadounidense, quien también recordó que distintos presidentes han tenido que gobernar con mayorías legislativas controladas por el partido contrario.

El funcionario fue todavía más directo al señalar que el resultado electoral no influiría ni cambiaría las directrices del presidente sobre la política exterior que recibió el mandato de ejecutar.

Las declaraciones de Rubio contradicen la narrativa que los voceros de Ortega y Murillo intentan difundir entre sus simpatizantes: que la victoria demócrata supone el abandono de los objetivos internacionales de Trump y que la dictadura puede considerar superada la presión de Washington.

La dictadura se burla de los nicaragüenses que esperan un cambio

Mientras miles de nicaragüenses permanecen en el exilio y otros continúan enfrentando las consecuencias de la represión, los operadores políticos y propagandísticos del régimen han utilizado el resultado electoral estadounidense para ridiculizar a quienes esperan una transformación democrática en el país.

Sus mensajes buscan presentar la derrota republicana como una victoria de Ortega y Murillo, asegurando que los esfuerzos para presionar a la dictadura habrían fracasado y que el presidente estadounidense ya no tendría capacidad para avanzar contra sus intereses.

La celebración anticipada también intenta desmoralizar a los sectores opositores, a los defensores de derechos humanos y a los nicaragüenses que han encontrado en la presión internacional una de las principales vías para exigir el restablecimiento de las libertades y la democracia.

Sin embargo, el cambio de mayorías en el Congreso no equivale a una paralización automática de la política exterior estadounidense. Aunque los demócratas tendrán capacidad para investigar a la administración, cuestionar sus decisiones, intervenir en las asignaciones presupuestarias y ejercer presión legislativa, Trump conservará amplias facultades en materia diplomática y de seguridad nacional.

Gil Guerra advierte que la política hacia Nicaragua seguirá bajo atención

Por su parte, Gil Guerra, investigador del Hudson Institute, ha trabajado para colocar la crisis nicaragüense en el centro del debate sobre la seguridad nacional estadounidense y las amenazas que, a su juicio, representa la dictadura Ortega-Murillo para los intereses de Washington y sus aliados.

Guerra compareció el 30 de septiembre ante el Subcomité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense para abordar la crisis política de Nicaragua. En su intervención advirtió sobre las reformas constitucionales impulsadas por el régimen, el avance de la sucesión familiar y el fortalecimiento de sus vínculos con potencias adversarias de Estados Unidos.

El investigador ha defendido la necesidad de una respuesta firme y sostenida frente a Ortega y Murillo, y ha advertido que las decisiones de la dictadura tienen implicaciones que trascienden las fronteras nicaragüenses.

En ese contexto, la pérdida de la mayoría republicana en el Congreso no elimina el debate sobre Nicaragua en Washington. Por el contrario, abre una nueva etapa de confrontación política interna en la que la administración Trump deberá negociar con una oposición que tendrá mayores herramientas de fiscalización y control presupuestario.

La política hacia Managua, por tanto, no puede reducirse a la disputa entre republicanos y demócratas. La permanencia de Ortega y Murillo en el poder, sus relaciones con Rusia, China y Cuba, y las consecuencias regionales de sus decisiones continúan formando parte de los asuntos de seguridad y política exterior que se discuten en Estados Unidos.

¿Qué celebran realmente Ortega y Murillo?

La pregunta es inevitable: ¿qué están celebrando los dictadores y sus voceros? ¿Una victoria política propia o un resultado electoral que intentan convertir en una supuesta garantía de permanencia en el poder?

La derrota republicana representa un revés político para Trump y abre un escenario de mayor control legislativo sobre su administración. Pero no significa que el presidente haya perdido sus atribuciones en política exterior ni que las iniciativas dirigidas hacia Nicaragua queden automáticamente anuladas.

El nuevo Congreso asumirá sus funciones en enero de 2027. Hasta entonces, la administración Trump continuará ejerciendo sus competencias ejecutivas, mientras los demócratas preparan el ejercicio de sus nuevas facultades legislativas.

Para los nicaragüenses que esperan el fin de la dictadura, el resultado electoral estadounidense no debe confundirse con el desenlace de la crisis nacional. La lucha por la democracia en Nicaragua sigue dependiendo de múltiples factores internos e internacionales, y no de una sola elección en Washington.

Ortega y Murillo pueden celebrar los resultados y sus voceros pueden burlarse de quienes reclaman libertad, pero convertir una derrota electoral republicana en una garantía de impunidad para la dictadura es una conclusión que no se desprende de las declaraciones de Marco Rubio ni de las facultades que conserva el Ejecutivo estadounidense.

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