Rosario y el mensaje a la militancia: la lealtad no garantiza nada

La Asamblea Nacional exaltó la trayectoria “revolucionaria” de la exdiputada sandinista, pero el mismo aparato que la homenajea mantiene encarcelado a su hijo Camilo Báez, convertido en víctima de las purgas internas del poder.

ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

3/12/20263 min read

Con discursos solemnes, aplausos protocolarios y una narrativa cuidadosamente construida, la Asamblea Nacional controlada por el oficialismo rindió homenaje póstumo a la exdiputada Gladys Báez al cumplirse un año de su fallecimiento.

Desde el hemiciclo se habló de compromiso histórico, de lealtad a la revolución, de disciplina partidaria y de años de servicio incondicional al proyecto político de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Diputadas oficialistas exaltaron su figura como ejemplo de fidelidad ideológica y entrega absoluta al sandinismo.

El acto fue presentado como un reconocimiento a una militante “intachable”, parte del engranaje legislativo que durante años respaldó sin fisuras las decisiones del Ejecutivo.

Sin embargo, mientras en el parlamento se elevaban elogios y se construía memoria oficial, otra realidad avanzaba en paralelo, mucho más silenciosa y mucho más incómoda.

El hijo de la homenajeada, Camilo Báez, continúa encarcelado por el propio régimen.

De operador útil a cuadro descartable

Camilo Báez, señalado como paramilitar sandinista con influencia en el departamento de León, fue detenido bajo acusaciones de supuestos actos de corrupción. Desde entonces, permanece recluido, convertido en uno más de los militantes que pasan de ser funcionales a ser prescindibles dentro del sistema.

Durante los años más duros de la represión posterior a 2018, figuras como Báez formaron parte del aparato territorial que sostuvo el control político en distintas regiones del país. Eran operadores útiles en momentos de confrontación interna.

Pero el sandinismo contemporáneo ha demostrado que la utilidad es circunstancial.

Cuando cambian los equilibrios internos, las lealtades históricas no pesan lo suficiente frente a la necesidad de reacomodar poder, enviar mensajes disciplinarios o contener disputas internas.

En el sistema actual, nadie está blindado.

El contraste que incomoda

El homenaje legislativo pretendía proyectar continuidad histórica y cohesión ideológica. Sin embargo, terminó evidenciando una contradicción profunda.

Mientras la madre es exaltada como símbolo de fidelidad revolucionaria, el hijo permanece castigado por el mismo aparato político al que ambos dedicaron su vida.

No se trata solo de una ironía política. Es un mensaje interno.

El poder honra el pasado, pero controla el presente.

Ni siquiera el derecho a despedirse

El episodio adquiere una dimensión aún más cruda cuando se recuerda que, tras la muerte de Gladys Báez, el régimen no permitió que su hijo asistiera a los funerales.

Ni la trayectoria parlamentaria de la madre.

Ni los años de disciplina partidaria.

Ni el vínculo familiar.

Nada fue suficiente para flexibilizar la decisión.

Personas cercanas aseguran que, en sus últimos meses de vida, Gladys Báez habría solicitado clemencia para su hijo. Militante disciplinada durante décadas, habría recurrido directamente a Rosario Murillo en busca de piedad.

El silencio fue la respuesta.

Purgas silenciosas dentro del sandinismo

El caso no es aislado. En los últimos años, varios cuadros policiales, operadores territoriales y funcionarios cercanos al poder han sido destituidos, investigados o encarcelados tras auditorías internas o disputas políticas.

Las acusaciones de corrupción suelen convertirse en el instrumento formal para justificar caídas en desgracia que, en el fondo, responden a reconfiguraciones internas del poder.

El sandinismo que proyecta unidad hacia afuera ha mostrado fracturas internas hacia adentro.

La lógica es clara: la disciplina es obligatoria y la lealtad no es permanente. Es condicional.

El mensaje implícito al aparato

El homenaje a Gladys Báez no solo fue un acto simbólico. Fue también una advertencia silenciosa.

El régimen puede enaltecer la memoria de quienes ya no representan riesgo político, pero no dudará en sacrificar a quienes considere prescindibles, incluso si forman parte de su núcleo histórico.

En el orteguismo actual, la fidelidad no es un seguro, es una expectativa unilateral y cuando el poder decide reordenar piezas, no hay trayectoria suficiente que garantice inmunidad.

Flores para la madre, encierro para el hijo

La imagen final es poderosa por sí sola: flores y discursos en la Asamblea Nacional; aislamiento y silencio en una celda para su hijo.

La escena no solo revela una contradicción política. Expone la naturaleza del sistema.

En el régimen de Ortega y Murillo, la lealtad puede ser exaltada en público, pero nunca es garantía de protección privada.

El homenaje buscó construir memoria revolucionaria, pero terminó dejando al descubierto una verdad más incómoda:

En la estructura actual del poder, nadie está a salvo. Ni siquiera los que fueron leales hasta el final.