Rosario Murillo y los “fantasmas” que persiguen al régimen
La codictadora volvió a desatar un discurso cargado de confrontación y descalificaciones contra periodistas, opositores y organismos internacionales, mientras crecen las denuncias por represión, persecución transnacional y crímenes de lesa humanidad contra el régimen Ortega-Murillo.
ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA
DaríoMedios Internacional
5/13/20264 min read


Rosario Murillo volvió a utilizar los micrófonos del aparato propagandístico del régimen para lanzar ataques contra quienes denuncian la represión en Nicaragua. Esta vez, la codictadora recurrió a una nueva palabra para referirse a las voces críticas: “fantasmas”.
Durante su alocución de mediodía transmitida por medios oficialistas, Murillo arremetió contra opositores, periodistas exiliados, organismos internacionales y defensores de derechos humanos que continúan documentando las violaciones cometidas por el régimen sandinista desde la crisis sociopolítica de 2018.
Con un tono cada vez más agresivo y cargado de confrontación, Murillo aseguró que las denuncias contra ella y el aparato estatal provienen de una supuesta “fábrica de mentiras” impulsada desde el extranjero, insistiendo en la narrativa oficial que intenta desacreditar cualquier señalamiento relacionado con represión y abusos de poder.
Sin embargo, lejos de apagar las críticas, sus declaraciones vuelven a evidenciar el nivel de tensión política que atraviesa el oficialismo en medio del aislamiento internacional, las sanciones económicas y el creciente desgaste de una dictadura señalada por múltiples organismos internacionales.
Los “fantasmas” que incomodan al régimen
El término utilizado por Murillo no pasó desapercibido.
Llamar “fantasmas” a quienes denuncian los abusos del régimen refleja no solo la intención de deshumanizar a sus adversarios políticos, sino también el nivel de incomodidad que generan las constantes denuncias contra el orteguismo dentro y fuera de Nicaragua.
Porque esos “fantasmas” a los que hace referencia Rosario Murillo tienen nombre, rostro e historia.
Son las madres de abril que continúan exigiendo justicia por sus hijos asesinados durante las protestas de 2018. Son los periodistas exiliados que siguen documentando la represión desde el extranjero. Son los presos políticos desterrados, las organizaciones clausuradas, las universidades confiscadas y las miles de familias separadas por la persecución política.
También son los informes internacionales que han señalado al régimen Ortega-Murillo por posibles crímenes de lesa humanidad.
Cada denuncia, cada testimonio y cada señalamiento internacional se han convertido en una sombra permanente para una dictadura que intenta imponer una narrativa de “normalidad” mientras continúa siendo señalada por represión sistemática.
Una narrativa basada en enemigos permanentes
No es la primera vez que Rosario Murillo utiliza términos despectivos para referirse a quienes cuestionan al régimen.
Desde 2018, la codictadora ha construido un discurso político basado en la confrontación permanente y la creación de enemigos internos y externos.
A los opositores los ha llamado “terroristas”, “golpistas”, “enemigos de la paz”, “seres oscuros”, “minúsculos” y “vampiros”, entre otros calificativos utilizados desde la propaganda oficial.
El objetivo ha sido claro: desacreditar cualquier denuncia y justificar la represión estatal bajo una narrativa de supuesta defensa de la paz y la soberanía nacional.
Sin embargo, con el paso de los años, ese discurso se ha vuelto cada vez más radical, más agresivo y más desconectado de la realidad que vive el país.
Mientras Murillo habla de “fantasmas”, Nicaragua continúa bajo un clima de persecución política, vigilancia y control absoluto de las instituciones.
El peso de las denuncias internacionales
Las declaraciones de Rosario Murillo ocurren en un momento particularmente incómodo para el régimen sandinista.
En los últimos años, organismos internacionales, expertos en derechos humanos y medios independientes han documentado una persecución sistemática contra voces críticas, incluyendo acciones transnacionales contra opositores y periodistas exiliados.
Diversos informes han denunciado el uso del aparato estatal para intimidar, silenciar y castigar a quienes cuestionan al orteguismo, incluso fuera de las fronteras nicaragüenses.
Además, continúan acumulándose denuncias en instancias internacionales relacionadas con ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, torturas, desnacionalizaciones y violaciones graves a derechos humanos.
Aunque el régimen insiste en negar cualquier responsabilidad, el cerco político y diplomático alrededor de la dictadura sigue creciendo.
Un discurso marcado por el miedo y el desgaste
Analistas consideran que el tono cada vez más agresivo de Rosario Murillo refleja el desgaste político y emocional que enfrenta el oficialismo tras años de crisis, aislamiento y sanciones internacionales.
La codictadora ya no habla únicamente para sus bases políticas; también parece responder constantemente a las críticas que persiguen al régimen dentro de la comunidad internacional.
Cada discurso se convierte en una mezcla de confrontación, victimización y ataques contra quienes continúan denunciando los abusos del Estado.
Pero mientras Murillo intenta reducir las denuncias a simples “fantasmas”, las consecuencias de la represión siguen presentes en miles de familias nicaragüenses.
El exilio masivo, el cierre de espacios democráticos, la confiscación de bienes, el control absoluto de las instituciones y el miedo instalado en gran parte de la sociedad son heridas que continúan abiertas.
Los fantasmas que no desaparecen
Para muchos sectores críticos, Rosario Murillo sí tiene razones para sentirse perseguida por “fantasmas”.
Porque las víctimas de la represión continúan hablando.
Hablan desde el exilio, desde los organismos internacionales, desde el periodismo independiente y desde la memoria colectiva de un país marcado por la violencia política.
Cada informe internacional, cada denuncia y cada señalamiento contra el régimen mantiene viva la presión sobre una dictadura cada vez más aislada.
Y aunque el oficialismo intente descalificar esas voces como “mentiras” o “fantasmas”, las acusaciones por violaciones a derechos humanos siguen acumulándose.
Los fantasmas de abril, de los presos políticos, de los exiliados y de las víctimas de la represión continúan presentes y todo indica que seguirán persiguiendo al régimen Ortega-Murillo mucho más allá de sus discursos propagandísticos.



