Rosario Murillo en crisis y Gustavo Porras a la sombra del poder

Gustavo Porras fue el operador clave de Rosario Murillo para desmantelar el sandinismo histórico y hoy aparece como ficha en un escenario de sucesión controlada.

ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

DaríoMedios Internacional

2/7/20262 min read

La estrategia de Rosario Murillo para concentrar el poder absoluto en Nicaragua no se ha sostenido únicamente en la represión contra la oposición política y la sociedad civil. Un pilar clave de su proyecto ha sido la destrucción sistemática del sandinismo histórico desde adentro, un proceso silencioso, pero profundamente eficaz.

Para ejecutar ese desmontaje interno, Murillo se ha apoyado en una alianza que hasta ahora le ha resultado funcional: Gustavo Porras, presidente de la Asamblea Nacional desde enero de 2017, convertido en operador central del régimen para neutralizar, desplazar y anular políticamente a antiguos cuadros sandinistas que alguna vez fueron sus camaradas de partido.

Un operador sin ideología

Dirigentes y exfuncionarios que conocen de cerca a Porras coinciden en una descripción recurrente: no le atribuyen lealtad ideológica ni compromiso con los principios históricos del sandinismo. Por el contrario, lo señalan como un político guiado por la ambición personal, el acceso a privilegios y la acumulación de poder.

Todo eso, afirman, lo ha obtenido alineándose sin fisuras con Rosario Murillo, a quien hoy responde como ficha incondicional dentro del engranaje autoritario.

La Asamblea como herramienta de depuración

Desde la presidencia del Poder Legislativo, Porras ha sido una pieza clave para legalizar el desmantelamiento del sandinismo crítico y disidente. Bajo su conducción, la Asamblea Nacional dejó de ser un espacio deliberativo para convertirse en una maquinaria de expulsión política.

Cancelaciones masivas de personerías jurídicas, confiscaciones de bienes, reformas legales a la medida y leyes diseñadas para anular cualquier vestigio de autonomía interna marcaron esta etapa. Viejos cuadros históricos, exguerrilleros, dirigentes territoriales y militantes incómodos fueron barridos sin contemplaciones, muchas veces con el aval silencioso de quienes hoy temen convertirse en los próximos.

¿Ejecutor o heredero?

La lealtad de Porras, sin embargo, no es gratuita ni inocente. En los círculos de poder del régimen se le percibe no solo como ejecutor, sino también como beneficiario directo del proceso de concentración autoritaria.

Su nombre comienza a figurar con fuerza en escenarios de sucesión que hasta hace poco parecían impensables: una eventual caída, negociación o salida forzada de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

El politólogo Eliseo Núñez advierte que este escenario no debe descartarse. Según su análisis, en una eventual negociación política, Porras podría asumir como presidente interino por su condición de titular del Poder Legislativo.

Se trataría de una salida “institucional” diseñada para garantizar continuidad, protección y control a quienes hoy manejan el poder desde las sombras.

Ambición, miedo y cálculo

Dentro del propio oficialismo, Porras es descrito como “ambicioso y miedoso”, dos cualidades que lejos de debilitarlo lo convierten en un aliado funcional en tiempos de incertidumbre. Su cercanía con Murillo alimenta sospechas y refuerza una pregunta que ya circula incluso dentro del régimen:

¿se está preparando el terreno para una sucesión controlada o para una traición cuidadosamente administrada?

Mientras tanto, Rosario Murillo continúa desmantelando el sandinismo desde sus cimientos, utilizando la figura de Gustavo Porras como instrumento político hasta que los cambios sean inevitables. El problema para el régimen es que, en escenarios de crisis, los operadores suelen convertirse en reemplazos… o en sacrificables.