Rosario Murillo: del control absoluto al aislamiento

El ascenso de Rosario Murillo no fue accidental ni simbólico. Se edificó en decisiones íntimas, silencios impuestos y lealtades forzadas. Hoy, ese mismo poder que ayudó a consolidar comienza a volverse en su contra.

ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

DaríoMedios Internacional

2/2/20264 min read

El origen de un poder en las sombras

El poder de Rosario Murillo no nació de una proclamación pública ni de un liderazgo popular. Se gestó lentamente, en la sombra, en decisiones privadas que terminaron marcando el rumbo político de Nicaragua.

Durante años fue presentada como poeta, mística, portavoz y “madre de la revolución”. En la práctica, fue la arquitecta más constante del régimen sandinista, la operadora silenciosa que entendió que el poder real no siempre necesita exposición, sino control.

Hoy, esa misma figura es vista por sectores de la cúpula que ella ayudó a consolidar como un obstáculo político que debe ser removido para garantizar la supervivencia del clan gobernante.

La traición fundacional

La primera piedra de su ascenso político se colocó mucho antes del retorno de Daniel Ortega a la presidencia. Fue cuando Zoilamérica Narváez, hija de Murillo, denunció públicamente haber sido víctima de abusos sexuales por parte de Ortega durante años.

Murillo no dudó. Eligió al poder por encima de la sangre. Defendió al agresor, desacreditó a la víctima y convirtió el silencio en una política de supervivencia. Aquella traición personal, profundamente íntima, terminó siendo el acto fundacional de su ascenso político.

Desde entonces, Murillo se volvió indispensable para Ortega: lo protegió en su etapa más vulnerable, lo ayudó a reconstruir su imagen pública y facilitó las alianzas que permitieron su regreso al poder en 2007.

De esposa a guardiana del régimen

Con Ortega nuevamente en la presidencia, Murillo ya no era solo la esposa. Era la estratega, la operadora y la guardiana del sistema. Su siguiente movimiento fue ocupar el Estado desde abajo.

El Consejo del Poder Ciudadano, presentado como un mecanismo de participación popular, se transformó en una estructura de control social y vigilancia política. A través de esa red, Murillo colocó fieles en instituciones, barrios y territorios. El sandinismo dejó de responder a estructuras partidarias y comenzó a obedecer a una lógica familiar, vertical y personalista.

El país al ritmo de su voz

Mientras Ortega envejecía y mostraba signos de deterioro físico y mental, Murillo avanzaba. Hablaba todos los días, imponía una narrativa religiosa y emocional, administraba el miedo y la obediencia. El país comenzó a funcionar al ritmo de su voz.

Las decisiones estratégicas pasaron a depender de ella, incluso cuando Ortega seguía ocupando formalmente la silla presidencial.

Las purgas y el desgaste interno

Luego llegaron las purgas. Funcionarios históricos, cuadros sandinistas con trayectoria y operadores territoriales fueron apartados, encarcelados o enviados al ostracismo. Murillo no toleró la autonomía ni figuras que pudieran disputar su influencia.

Cada purga reforzó su control, pero también erosionó los consensos internos que durante años habían sostenido al régimen.

2018: la represión como método

El estallido social de 2018 marcó un punto de no retorno. La respuesta represiva, brutal y sostenida, consolidó a Murillo como el rostro más duro del régimen. Desde entonces, la represión dejó de ser una reacción para convertirse en método de gobierno.

Policía, paramilitares y operadores políticos actuaron bajo una lógica de castigo permanente, mientras Murillo reforzaba su discurso místico y apocalíptico.

El proyecto personalista

La reforma constitucional terminó de desnudar su proyecto. Diseñada a su medida, abrió la puerta para ocupar formalmente la presidencia y selló la transformación del régimen en una dictadura personalista.

Ya no se trataba de proteger a Ortega. Se trataba de gobernar sola.

El miedo dentro del poder

Pero el poder absoluto tiene un límite: genera miedo en quienes lo rodean. Murillo comenzó a desconfiar de todos: del Ejército, que controla las armas; de la Policía, que ejecuta la represión; de los empresarios aliados, que protegen capitales; y de los hijos de Ortega, con intereses propios.

Su control asfixiante empezó a afectar lo único que la élite sandinista considera irrenunciable: una salida negociada que preserve riqueza y seguridad.

La traición final

Una negociación secreta con Estados Unidos, canalizada a través del excanciller Denis Moncada, reveló una fractura profunda en el corazón del régimen.

Según información obtenida por Darío Medios Internacional de una fuente vinculada al Departamento de Estado, Moncada no viajó a Washington solo para frenar sanciones o discutir temas comerciales. Bajo órdenes directas de Ortega, abrió una negociación política en la que Rosario Murillo fue presentada como el principal obstáculo para cualquier transición.

El mensaje fue crudo: el control real del régimen está en manos de Murillo y su permanencia bloquea cualquier salida.

Moneda de cambio

Para Ortega y la cúpula militar, Murillo se convirtió en un lastre que amenaza la supervivencia del clan y la preservación de la fortuna acumulada ante un escenario inevitable: la muerte del dictador.

El Ejército, encabezado por el general Julio César Avilés, habría enviado señales de disposición a una salida presentada como democrática y pacífica, siempre que se garantice una transición controlada. Murillo, junto a sectores de la Policía y su anillo político, fue ofrecida como moneda de cambio.

Washington escuchó y respondió.

El aislamiento

El giro en el discurso público estadounidense es evidente. Murillo es señalada ahora como el núcleo del aparato represivo. Para el Departamento de Estado, no habrá negociación ni alivio mientras ella continúe en el poder.

Denis Moncada regresó a Managua con el mensaje cerrado. La traición quedó consumada.

La conclusión es tan simple como brutal: Rosario Murillo fue vendida por los suyos.
La mujer que traicionó a su hija, sostuvo al dictador, colonizó el Estado y gobernó mediante el control absoluto, hoy es considerada un estorbo.

El poder que construyó sobre la traición comienza a desmoronarse por una traición mayor.
Y por primera vez, la mujer que no confía en nadie parece estar verdaderamente sola.