Ortega reaparece desorientado y entre balbuceos, desafía a Estados Unidos

El dictador volvió a escena en formato virtual tras cancelar el acto central por Sandino, en medio de crecientes interrogantes sobre su estado y el manejo real del poder.

ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

DaríoMedios Internacional

2/24/20262 min read

El dictador Daniel Ortega, de 80 años, reapareció la noche del lunes para inaugurar de forma virtual un hospital en Bilwi, en lo que fue una intervención cuidadosamente escenificada y difundida por la maquinaria mediática oficial.

Más que una demostración de vigor político, la aparición pareció un intento de disipar rumores sobre su deterioro físico y su cada vez más notoria desaparición de la vida pública. La imagen proyectada fue la de un mandatario que logra ponerse en pie y leer su discurso, pero dentro de un entorno estrictamente controlado.

Ortega ya no recorre el país, no visita ministerios ni pisa la Asamblea Nacional. Sus movimientos se limitan a espacios blindados: la Plaza de la Fe bajo fuerte resguardo o breves desplazamientos en la Casa de los Pueblos, donde camina pocos pasos antes de sentarse a leer intervenciones extensas.

Las giras departamentales quedaron en el pasado. El contacto directo con las bases partidarias es excepcional. El poder que antes se exhibía en tarimas multitudinarias hoy se administra desde escenarios cerrados y transmisiones editadas.

Retórica firme, presencia intermitente

Durante su intervención, Ortega volvió a cargar contra Estados Unidos, acusando a su gobierno de no respetar las leyes internacionales y reiterando su consigna habitual: “ni nos vendemos ni nos rendimos”.

Sin embargo, la retórica desafiante contrastó con el formato de su aparición. Más que un despliegue de liderazgo político, el acto pareció un ejercicio de resistencia física cuidadosamente administrado.

El discurso mantuvo la narrativa tradicional del régimen, pero el contexto en que fue emitido evidenció una presidencia cada vez más encapsulada.

El vacío tras Sandino

La tensión política quedó aún más marcada por su ausencia en el aniversario de la muerte de Augusto C. Sandino, una de las fechas más simbólicas del calendario oficialista. El acto central fue cancelado y los invitados desconvocados, algo inusual tratándose de una efeméride históricamente utilizada para proyectar fuerza y cohesión partidaria.

Una noche después, Ortega reapareció para rendir homenaje a Sandino en un formato reducido y controlado, lejos de la multitud que solía acompañar estas conmemoraciones.

El contraste fue inevitable. Mientras el discurso insiste en continuidad revolucionaria y fortaleza histórica, la imagen pública del mandatario muestra una presencia cada vez más intermitente.

Un poder cada vez más administrado

La combinación de cancelaciones, apariciones breves y formatos virtuales alimenta la percepción de que el poder se ejerce desde espacios cada vez más restringidos.

En política, la presencia física también es un mensaje. Y cuando un liderazgo depende de intervenciones esporádicas y entornos controlados para sostener su narrativa, la imagen proyectada deja de ser la de dominio pleno y se acerca más a la de administración defensiva del poder.