Ortega ausente: la “copresidencia” se derrumba y Murillo gobierna sola

La prolongada desaparición pública de Daniel Ortega expone la concentración real del poder en Rosario Murillo, en medio de crecientes cuestionamientos internacionales, tensiones regionales y un desgaste político cada vez más evidente.

ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

DaríoMedios Internacional

4/14/20264 min read

La última vez que Daniel Ortega apareció en público fue el 23 de febrero de 2026. Desde un auditorio en Managua, participó en la entrega simbólica del hospital de Bilwi. Fue una aparición breve, controlada, sin contacto real con la población y sin el despliegue que en otros tiempos caracterizaba sus actos.

Desde entonces, silencio.

En pocos días se cumplirán casi dos meses sin que el mandatario reaparezca. No hay imágenes recientes, no hay discursos, no hay señales claras de su participación en la vida pública. Su edad y estado de salud, deteriorados desde hace años, ya limitaban su presencia. Pero esta vez, la ausencia no es solo física, es política, es estructural.

La copresidencia que se deshace en la práctica

Durante años, el régimen ha construido la narrativa de una “copresidencia”: un modelo en el que Ortega y Rosario Murillo compartirían el poder, proyectando una idea de equilibrio interno y continuidad política.

Pero esa narrativa comienza a desmoronarse frente a la realidad.

Sin Ortega en escena, no hay evidencia de ese poder compartido. No hay decisiones visibles en conjunto, no hay presencia dual, no hay señales de coordinación pública. Lo que hay es una sola figura asumiendo el control.

La copresidencia, en este punto, sobrevive únicamente en el discurso oficial, en los documentos y en la propaganda. En la práctica, el poder se ha concentrado en una sola voz.

Un vacío que no es vacío

La ausencia de Ortega no ha generado incertidumbre institucional en términos de control. El aparato del Estado sigue funcionando bajo una línea clara de mando. Pero ese funcionamiento revela algo más profundo: no hay vacío de poder porque el poder ya estaba concentrado.

Lo que cambia ahora es la visibilidad de esa concentración.

Murillo se convierte en el rostro único del régimen, en la figura que sostiene el discurso, que responde o evita responder a las críticas, y que enfrenta el desgaste político de un sistema cada vez más cuestionado.

Un régimen bajo presión internacional

Ese desgaste ocurre en un contexto internacional especialmente complejo.

El 10 de marzo, un informe presentado ante Naciones Unidas elevó el nivel de gravedad de los señalamientos contra el régimen. El documento concluye que el Estado nicaragüense financia la represión política mediante el desvío de fondos públicos y mantiene una estructura organizada de vigilancia e inteligencia que trasciende fronteras.

El informe documenta al menos 12 casos de asesinatos o intentos de asesinato fuera del país, incluyendo el del mayor en retiro Roberto Samcam, asesinado en Costa Rica en junio de 2025.

La conclusión no deja espacio a ambigüedades: las violaciones sistemáticas registradas desde 2018 constituyen crímenes de lesa humanidad.

Este tipo de acusaciones no impacta a una estructura compartida.

Impacta directamente al poder que hoy tiene un solo rostro visible.

Semana Santa: poder sin acompañamiento

La ausencia de Ortega también se hizo evidente en uno de los momentos más simbólicos del país: la Semana Santa.

Históricamente, estas fechas han sido utilizadas como espacios de proyección política y control simbólico. Sin embargo, este año, Murillo enfrentó sola ese escenario.

No hubo actos conjuntos. No hubo presencia dual. No hubo intento de sostener la imagen de copresidencia.

Todo recayó en una sola figura.

Y en paralelo, crecieron las críticas internacionales. El subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, denunció la negación de la libertad religiosa en Nicaragua. La congresista María Elvira Salazar fue más directa: señaló que el régimen teme a la fe porque no puede controlar la conciencia de un pueblo.

Murillo enfrentó ese momento sin Ortega.

Tensiones que escalan fuera de Nicaragua

El contexto se complejiza aún más en el plano regional.

Desde Costa Rica, las autoridades han puesto en duda la versión oficial sobre el decomiso de más de una tonelada de cocaína en Peñas Blancas. El caso ha escalado hasta involucrar a la DEA y ha abierto la posibilidad de que se trate de un montaje.

Paralelamente, el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) costarricense ha señalado que el asesinato de Roberto Samcam tuvo un móvil ideológico, es decir, político. Aunque hay autores materiales detenidos, la investigación aún no ha identificado a quienes dieron la orden.

Estos elementos no solo aumentan la presión internacional, sino que también conectan distintos frentes de cuestionamiento hacia el régimen y nuevamente, esa presión no se distribuye, se concentra.

El desgaste de sostener el relato

Desde El Carmen, Rosario Murillo intenta mantener la narrativa oficial.

Sus intervenciones diarias buscan proyectar control, estabilidad y normalidad. Habla de paz, de avances, de logros. Pero ese discurso comienza a chocar con una realidad que se impone desde distintos ángulos: informes internacionales, tensiones regionales, cuestionamientos políticos y una ausencia imposible de ignorar.

El problema no es solo la falta de Ortega, es lo que esa falta revela.

Una realidad que se impone

La desaparición prolongada de Daniel Ortega deja al descubierto lo que durante años se intentó presentar como un modelo compartido.

Hoy, esa estructura se ve como lo que es: un poder concentrado, un poder que ya no puede sostener la imagen de dualidad, un poder que enfrenta presión, desgaste y cuestionamientos con una sola figura al frente y mientras el discurso oficial insiste en una copresidencia que ya no se ve, la realidad política avanza en otra dirección.

Más clara, más evidente, más difícil de ocultar, en Nicaragua, hoy, no gobiernan dos, gobierna una.