Ortega acorralado en Centroamérica: la dictadura pierde aliados y queda aislada en la región

La victoria de Laura Fernández en Costa Rica consolida un nuevo mapa político regional que deja a Daniel Ortega sin aliados inmediatos en Centroamérica y profundiza el aislamiento del régimen sandinista.

MUNDOESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

DaríoMedios Internacional

2/3/20262 min read

Un mapa regional que se cierra contra Managua

La victoria electoral de Laura Fernández en Costa Rica no es solo un hecho doméstico: representa un movimiento tectónico en el tablero político centroamericano que deja a Daniel Ortega en una de sus posiciones más frágiles desde que consolidó su régimen autoritario en Nicaragua.

Con este resultado, Centroamérica queda prácticamente alineada bajo gobiernos de derecha o centro-derecha, con agendas democráticas liberales, cooperación en seguridad y vínculos estrechos con Estados Unidos. En ese contexto, el sandinismo gobernante aparece como una anomalía política cada vez más aislada.

Nicaragua, una excepción incómoda en el istmo

Hoy, Nicaragua se convierte en el único país del istmo con un régimen abiertamente autoritario y de inspiración socialista, sin contrapesos internos y con un modelo político incompatible con el rumbo regional.

En El Salvador, Nayib Bukele impulsa una agenda de seguridad dura pero alineada con Washington. En Honduras, el nuevo liderazgo encabezado por Nasry Asfura marca distancia con el eje Ortega-Maduro. En Costa Rica, la llegada de Fernández refuerza una tradición democrática sólida y un discurso crítico frente a las dictaduras latinoamericanas.

Al norte y al sur, Managua queda rodeada por gobiernos que ya no están dispuestos a servir como interlocutores complacientes, mediadores indulgentes ni aliados silenciosos.

Costa Rica: un golpe simbólico y estratégico

El triunfo de Laura Fernández tiene un peso particular para Nicaragua. Costa Rica ha sido históricamente uno de los principales denunciantes de las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen sandinista, además de convertirse en refugio natural para decenas de miles de exiliados nicaragüenses desde 2018.

Con un nuevo gobierno que reafirma su perfil democrático y su compromiso con el Estado de derecho, San José refuerza su rol como contrapeso moral y político frente a Managua, cerrando aún más los márgenes regionales de Ortega.

Sin puentes, sin oxígeno regional

El nuevo escenario deja a la dictadura sandinista sin oxígeno político en su entorno inmediato. Ya no existen gobiernos vecinos dispuestos a facilitar canales discretos de negociación, a suavizar resoluciones internacionales o a ofrecer respaldo tácito.

Panamá, Guatemala y El Salvador priorizan agendas de cooperación internacional, seguridad regional y estabilidad democrática, todas incompatibles con un régimen señalado por represión sistemática, persecución política y cierre del espacio cívico.

Aislada en Centroamérica, Nicaragua depende cada vez más de alianzas lejanas con China y Rusia, vínculos marcados por una lógica estrictamente utilitaria, sin respaldo político regional ni afinidad cultural o histórica.

Un régimen a la defensiva

En este nuevo equilibrio regional, la dictadura de Ortega ya no tiene margen para proyectarse ni influir. Su estrategia se reduce a resistir, administrar el aislamiento y sostenerse mediante represión interna, mientras el cerco político se estrecha tanto a nivel internacional como geográfico.

Daniel Ortega no solo enfrenta un aislamiento diplomático creciente; ahora también enfrenta un aislamiento regional tangible, rodeado por gobiernos que miran con recelo al sandinismo y que avanzan en una dirección opuesta.

Centroamérica ya no es un espacio de expansión ni de contención favorable para el régimen nicaragüense. Se ha convertido, cada vez más, en un entorno hostil que evidencia la soledad política de Managua.