Ocho años de la masacre en la UNAN: la justicia sigue siendo una deuda

Ocho años después, las familias de las víctimas mantienen viva la exigencia de verdad y justicia.

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DaríoMedios Internacional

7/13/20265 min read

Han pasado ocho años desde que la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) dejó de ser únicamente un centro de estudios para convertirse en uno de los escenarios más sangrientos de la represión ordenada por Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Lo que comenzó como una protesta estudiantil terminó con una operación ejecutada por la Policía y grupos parapoliciales que dejó muertos, decenas de heridos y una generación marcada por el exilio, la cárcel y el miedo.

El 13 de julio de 2018, mientras Nicaragua vivía una de las jornadas más intensas de la crisis sociopolítica iniciada en abril de ese año, el régimen lanzó una ofensiva para desalojar a los estudiantes que permanecían atrincherados en la UNAN-Managua. Aquella operación, conocida posteriormente como parte de la denominada "Operación Limpieza", buscó recuperar por la fuerza uno de los principales símbolos de la resistencia cívica.

Entre las víctimas quedaron grabados los nombres de Gerald Vásquez y Francisco Flores, dos jóvenes universitarios asesinados durante el asedio que se extendió hasta la parroquia Jesús de la Divina Misericordia, donde decenas de estudiantes buscaron refugio creyendo que encontrarían protección.

La universidad que desafió a la dictadura

Durante casi tres meses de protestas, la UNAN-Managua fue uno de los principales bastiones del movimiento estudiantil que exigía democracia, justicia y el fin de la represión.

Las aulas fueron sustituidas por barricadas improvisadas, los auditorios por puestos de atención médica y los pasillos se transformaron en espacios de organización ciudadana. La universidad dejó de pertenecer al discurso oficial para convertirse en un símbolo de resistencia.

Aquella imagen resultaba intolerable para el régimen.

La madrugada del 13 de julio, decenas de patrullas policiales y grupos parapoliciales cercaron el recinto universitario utilizando armas de guerra. Los estudiantes resistieron durante horas con morteros artesanales y escudos improvisados, completamente superados por la capacidad de fuego de las fuerzas estatales.

Cuando permanecer dentro del campus se volvió imposible, alrededor de un centenar de jóvenes corrió hacia la cercana parroquia Divina Misericordia buscando salvar sus vidas.

Ni la iglesia detuvo las balas

El templo tampoco logró detener la ofensiva.

Durante más de quince horas, policías y parapolicías dispararon contra la iglesia donde permanecían refugiados estudiantes, periodistas, sacerdotes y voluntarios.

Las paredes, los vitrales y las imágenes religiosas quedaron perforadas por las balas.

En medio del ataque fueron asesinados Gerald Vásquez, estudiante de la UNAN-Managua, y Francisco Flores, conocido entre sus compañeros como "El Oso". Ambos murieron tras recibir impactos de bala en la cabeza, convirtiéndose en dos de los rostros más emblemáticos de la represión de julio de 2018.

Las imágenes transmitidas en vivo desde el interior del templo dieron la vuelta al mundo. Jóvenes despidiéndose de sus familias por teléfono, heridos siendo atendidos sobre las bancas de la iglesia y sacerdotes protegiendo a los estudiantes quedaron registrados como una de las escenas más dramáticas de la crisis nicaragüense.

Solo la mediación de la Iglesia católica permitió evacuar a los sobrevivientes durante la mañana del 14 de julio.

Ocho años de impunidad

A ocho años de aquellos acontecimientos, ninguna institución del Estado ha investigado los asesinatos de Gerald Vásquez y Francisco Flores.

Los responsables materiales e intelectuales permanecen impunes, mientras el régimen continúa defendiendo la narrativa oficial con la que justificó el violento desalojo de la universidad.

Por el contrario, la UNAN-Managua pasó a convertirse en un espacio bajo estricto control político. Organizaciones estudiantiles independientes desaparecieron, cientos de universitarios fueron expulsados, decenas debieron abandonar el país y la vigilancia ideológica pasó a formar parte de la vida cotidiana dentro del campus.

Lo que en 2018 fue un símbolo de resistencia, hoy permanece sometido al control absoluto del oficialismo.

Diversos organismos internacionales, entre ellos el Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua de la ONU y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), han documentado que los hechos ocurridos durante la llamada Operación Limpieza forman parte de un patrón de graves violaciones a los derechos humanos atribuidas al Estado nicaragüense.

La memoria también resiste desde el exilio

Ocho años después de la masacre, la búsqueda de justicia no se ha detenido. Entre quienes mantienen viva la memoria de aquellos hechos está Susana López, madre del universitario Gerald Vásquez, quien desde el exilio continúa denunciando el asesinato de su hijo y exigiendo que los responsables sean llevados ante la justicia.

Lejos de resignarse, López ha convertido el dolor por la pérdida de Gerald en una lucha permanente contra la impunidad. Su voz representa la de decenas de madres nicaragüenses que desde 2018 siguen reclamando verdad, justicia y reparación por los crímenes cometidos durante la represión.

Ese camino quedó plasmado en el documental "Divina Misericordia: La batalla contra la impunidad", una producción de DaríoMedios Internacional, dirigida por Hanssel M. Vásquez, que reconstruye uno de los episodios más violentos de la represión sandinista contra el movimiento estudiantil.

La investigación audiovisual reúne testimonios de sobrevivientes, familiares de las víctimas, sacerdotes, periodistas y especialistas en derechos humanos, además de imágenes inéditas y reconstrucciones que evidencian cómo se ejecutó el ataque contra los estudiantes refugiados en la parroquia Divina Misericordia y la cadena de impunidad que ha protegido a los responsables durante estos ocho años.

En el documental, Susana López comparte el profundo vacío que dejó el asesinato de Gerald, pero también la promesa que hizo desde el día en que despidió a su hijo: no dejar de luchar hasta que Nicaragua conozca la verdad y quienes ordenaron la masacre respondan ante la justicia.

Su historia refleja la realidad de muchas familias que, pese al exilio, continúan denunciando los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la represión de 2018 y mantienen viva la memoria de quienes dieron su vida por un país en libertad.

Una herida que sigue abierta

Ocho años después, la sangre derramada en la UNAN-Managua y en la parroquia Divina Misericordia sigue siendo una herida abierta para Nicaragua.

La dictadura ha intentado imponer el silencio, borrar la memoria de la resistencia estudiantil y transformar la universidad en un símbolo de obediencia política. Sin embargo, los nombres de Gerald Vásquez y Francisco Flores permanecen vivos en la memoria colectiva de miles de nicaragüenses que cada año recuerdan aquellos días como uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente del país.

Mientras las balas intentaron apagar una generación que soñaba con una Nicaragua democrática, ocho años después son las madres, los sobrevivientes, los exiliados y el periodismo independiente quienes continúan sembrando memoria frente al olvido impuesto por la dictadura, convencidos de que la verdad y la justicia llegarán algún día.

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