Nicaragua: cuando nos enseñan a odiarnos entre vecinos

Una sociedad fracturada por el poder, donde el odio fue sembrado y la convivencia se volvió una batalla diaria.

MIGRACIÓN

Jhoswel Antonio Martínez. Defensor de Derechos Humanos, presidente de la Asociación Intercultural de Derechos Humanos (ASIDEHU), activista y refugiado nicaragüense en Costa Rica.

4/14/20263 min read

Soy nicaragüense, y como muchos, vivo con una herida que no cierra: la de un país que no solo fue fracturado políticamente, sino también en lo más cotidiano, en lo más íntimo. Porque en Nicaragua el conflicto no se quedó en el poder; bajó a las casas, a las calles, a los barrios. Por desgracia, vivimos en una Nicaragua en la que muchos se odian entre vecinos.

Pero esta no es una herida nueva. Nicaragua arrastra dolores que nunca terminaron de sanar. Conflictos del pasado que se cerraron en falso, sin verdad, sin justicia y sin un proceso real de reconciliación. Heridas que se taparon, pero no se curaron. Y lo que no se cura, tarde o temprano, vuelve a abrirse.

Hoy no solo hablamos de víctimas y responsables. Hablamos de vecinos que dejaron de saludarse. De familias que se rompieron. De amores que se diluyeron por las ideologías. De amistades que se volvieron sospecha. De personas que aprendieron a desconfiar del otro solo por pensar diferente. De compatriotas que empezaron a odiarse por la política, sin ver que tenemos muchas más cosas que nos unen de las que nos dividen.

Y lo más duro es esto: no siempre nos odiábamos así.

Ese odio no nació solo. Fue sembrado, alimentado y dirigido. Desde el poder se construyó una narrativa donde el que piensa distinto dejó de ser ciudadano para convertirse en enemigo. Donde disentir pasó a ser traición y donde dividir era útil.

Y ahí está la verdad incómoda: hay quienes necesitan que nos odiemos.

Porque un país dividido es más fácil de controlar.

Porque vecinos enfrentados cuestionan menos.

Porque el miedo y la desconfianza son herramientas políticas eficaces.

Mientras tanto, ¿quién gana? No nosotros.

Ganan quienes se sostienen en el poder alimentando el conflicto. Ganan quienes convierten nuestras diferencias en trincheras y nuestro dolor en estrategia. Ganan quienes saben que mientras nosotros nos señalamos entre nosotros, ellos no son señalados.

Y nosotros, ¿qué perdemos?

Lo perdemos todo.

Perdemos comunidad, perdemos confianza, perdemos la patria y a nuestra gente. Perdemos la posibilidad de reconocernos como lo que somos: compatriotas. Personas que, más allá de nuestras ideas, compartimos historia, cultura y heridas. Personas que creen muchas veces en un mismo Dios, aunque desde distintas iglesias. Personas que sienten, que sufren, que quieren vivir con dignidad.

Pero nos han empujado a vernos como enemigos.

En este contexto, hablar de perdón es complejo. No puede imponerse ni exigirse como una solución rápida. El perdón sin justicia es una forma de silencio. Pero el odio permanente también nos encierra en un ciclo que solo beneficia a quienes lo provocaron.

Entonces, ¿qué nos queda?

Nos queda dejar de aceptar el papel que nos asignaron. Dejar de reproducir el discurso que convierte al otro en enemigo. Entender que pensar distinto no debería ser suficiente para rompernos como sociedad.

No se trata de olvidar. No se trata de renunciar a la justicia. Se trata de no permitir que el odio sea el idioma en el que nos relacionamos. Porque si seguimos así, el daño no se queda en el pasado: se instala en el presente y se proyecta hacia el futuro.

Nicaragua necesita justicia, necesita verdad, necesita garantías de no repetición y reconciliación, así como también sanar lo que nunca pudimos en nuestra historia producto de los conflictos por decisiones políticas. Pero también necesita recuperar algo esencial: la capacidad de convivir sin destruirse.

No somos bandos irreconciliables. Somos un mismo país que fue empujado a dividirse.

Y mientras sigamos odiándonos entre nosotros, otros seguirán ganando a costa nuestra.

El odio que hoy sentimos no es casual: fue construido.

Seguir alimentándolo, en cambio, sí es una decisión.

¿Estás dispuesto a vivir en una Nicaragua donde tengas que odiarte con tus vecinos?

Tal vez el primer paso para reconstruirnos no sea perdonar de inmediato, sino negarnos a seguir siendo parte de esa división.

Porque la paz no se decreta: se construye, incluso entre quienes piensan distinto.

Y empieza el día en que decidimos dejar de vernos como enemigos.