Monseñor Silvio Báez advierte a Ortega y Murillo: «Su poder no tiene futuro»
El obispo auxiliar de Managua, obligado a permanecer fuera de Nicaragua desde 2019, denunció a los dictadores que someten a los pueblos mediante el miedo, las amenazas y la represión. «La última palabra sobre la historia no la tienen ellos, sino Dios», afirmó durante su homilía dominical.
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DaríoMedios Internacional
10/11/20266 min read


Monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua, lanzó este domingo un contundente mensaje contra los dictadores que pretenden perpetuarse en el poder mediante la represión, las amenazas y el miedo, al advertir que la ambición y la crueldad terminan exponiendo la fragilidad de quienes someten a los pueblos.
Sin mencionar directamente a Daniel Ortega y Rosario Murillo, el religioso cuestionó a quienes utilizan el poder para imponerse sobre la sociedad, destruyen la convivencia y convierten la vida de los ciudadanos en una experiencia marcada por el sufrimiento. Su mensaje fue directo: los dictadores que se aíslan detrás de su propia ambición y recurren a la represión para conservar el control no tienen garantizado el futuro.
«Dicen invocar a Dios, pero se festejan a sí mismos; dicen celebrar sus triunfos, pero se aíslan cada vez más. Su aislamiento revela la fragilidad de un poder que no tiene futuro», expresó Báez durante su homilía.
Las palabras del obispo se producen en medio de la prolongada crisis política y de derechos humanos en Nicaragua, donde la dictadura Ortega-Murillo ha desmantelado libertades fundamentales, perseguido a sus críticos y concentrado el poder alrededor de la familia gobernante.
El pronunciamiento adquiere especial relevancia por la situación del propio Báez, quien permanece fuera del país desde 2019, en un contexto de hostigamiento y persecución contra voces críticas y sectores de la Iglesia católica nicaragüense.
Báez denuncia a los dictadores que convierten la vida en sufrimiento
Durante su reflexión religiosa, Báez recurrió a la parábola bíblica del banquete de bodas para cuestionar a quienes, dominados por la ambición, rechazan los llamados al bien y responden con violencia contra quienes los confrontan.
En el relato evangélico, los invitados rechazan la invitación del rey y algunos de ellos agreden a sus enviados. El obispo interpretó a estos siervos como una representación de los profetas perseguidos por los poderosos y estableció un paralelismo con los dictadores contemporáneos que utilizan la intimidación para someter a sus pueblos.
«Como aquellos invitados, los dictadores de nuestro tiempo tienen el corazón tan oscurecido por la ambición y la crueldad que no solo rechazan la invitación, sino que también arruinan la fiesta de la vida, convirtiendo la convivencia social en una amarga vigilia de luto, sostenida por el miedo, la amenaza y la represión», manifestó.
La crítica de Báez no se limita a la ambición de quienes buscan permanecer indefinidamente en el poder. También señala las consecuencias de sus decisiones sobre la sociedad: el miedo, la ruptura de la convivencia y el sufrimiento de quienes quedan atrapados bajo sistemas autoritarios.
En Nicaragua, la represión ha alcanzado a opositores, periodistas, defensores de derechos humanos, religiosos y ciudadanos críticos de la dictadura. Las restricciones a las libertades públicas y el cierre de espacios para la disidencia han profundizado una crisis que también ha provocado el exilio de miles de nicaragüenses.
La reflexión del obispo pone en cuestión la aparente fortaleza de los regímenes que utilizan la fuerza para mantenerse. Detrás de sus demostraciones de poder, sostuvo, se esconde la fragilidad de quienes necesitan aislarse y recurrir a las amenazas para impedir que la sociedad cuestione su autoridad.
«La última palabra sobre la historia no la tienen ellos»
Báez también dirigió un mensaje de esperanza a quienes viven bajo sistemas autoritarios y padecen las consecuencias de la persecución. Frente a los intentos de los dictadores de presentarse como dueños del destino de sus pueblos, afirmó que el poder basado en la violencia no determina el desenlace de la historia.
«La última palabra sobre la historia no la tienen ellos, sino Dios. A pesar de todo, habrá fiesta», expresó.
La frase resume el sentido de su homilía: el poder de los dictadores no es absoluto ni su permanencia está asegurada por el control de las instituciones, la intimidación o la persecución de sus adversarios.
El mensaje también interpela a quienes han sido sometidos al miedo y al desánimo. Báez contrapuso la ambición de los poderosos con la esperanza de quienes siguen defendiendo la dignidad humana, incluso en circunstancias marcadas por la represión.
En el caso nicaragüense, sus palabras se escuchan mientras la dictadura Ortega-Murillo mantiene el control político y continúa enfrentando cuestionamientos por las violaciones de derechos humanos y las restricciones a las libertades fundamentales.
Aunque el obispo no mencionó directamente a los codictadores, su descripción de los gobernantes que convierten la convivencia social en una realidad de miedo, amenazas y represión coincide con las denuncias que durante años han formulado organismos de derechos humanos sobre la situación del país.
La crisis nicaragüense y la presión diplomática internacional
Las declaraciones de Báez se producen también en un contexto de presión internacional sobre la dictadura Ortega-Murillo.
La Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó una resolución que impulsa nuevas gestiones diplomáticas ante la crisis nicaragüense y reclama acciones orientadas a restablecer las libertades, los derechos políticos y las condiciones democráticas necesarias para que los ciudadanos puedan elegir libremente a sus gobernantes.
La resolución refuerza el reclamo internacional de una salida democrática para Nicaragua, en un escenario en el que la concentración del poder y las restricciones a la participación política han reducido los espacios para el ejercicio de los derechos ciudadanos.
La presión diplomática se suma a las denuncias internacionales sobre la represión, el cierre de espacios cívicos y la persecución de quienes cuestionan a la dictadura. Mientras Ortega y Murillo buscan consolidar su control político y familiar, los llamados al restablecimiento de las libertades mantienen a Nicaragua en el centro de las preocupaciones democráticas regionales.
En ese escenario, las palabras de Báez vuelven a colocar en el debate los límites morales del poder y las consecuencias de gobernar mediante el temor. Sin nombrar a los codictadores, el obispo cuestionó la fragilidad de los sistemas que intentan sostenerse mediante la represión y advirtió que sus demostraciones de fuerza no garantizan su continuidad.
La coincidencia entre el pronunciamiento religioso y los reclamos diplomáticos pone de relieve dos dimensiones distintas de la crisis: la defensa de la dignidad humana y la exigencia de condiciones políticas que permitan recuperar las libertades arrebatadas a los nicaragüenses.
Silvio Báez, una voz crítica desde el exilio
Desde que salió de Nicaragua en 2019, monseñor Silvio Báez ha mantenido sus pronunciamientos religiosos y públicos sobre la dignidad humana, la libertad y la responsabilidad de quienes ejercen el poder.
Su permanencia fuera del país se produjo en un contexto de tensiones entre la dictadura y la Iglesia católica, cuyos representantes han denunciado la persecución, las amenazas y las restricciones impuestas a sus actividades.
Báez se ha convertido en una de las voces eclesiásticas nicaragüenses que con mayor claridad se ha pronunciado contra los abusos del poder y a favor de quienes sufren persecución. Sus homilías suelen combinar la reflexión bíblica con referencias a situaciones contemporáneas de injusticia, violencia y autoritarismo.
En esta ocasión, el obispo utilizó la parábola del banquete de bodas para advertir sobre la conducta de quienes rechazan cualquier llamado a cambiar y responden con violencia contra quienes cuestionan sus acciones. Su interpretación apunta a una idea central: el poder que se alimenta de la crueldad termina aislándose y debilitándose.
Un llamado a defender la dignidad, la libertad y la vida
Báez dedicó otra parte de su homilía a la responsabilidad individual y colectiva de construir una convivencia basada en el respeto a la dignidad humana, la libertad y la vida.
El obispo cuestionó el egoísmo y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, y advirtió que las preocupaciones personales y los intereses particulares pueden impedir que las personas escuchen los llamados al bien, la verdad y la fraternidad.
Su mensaje plantea que la defensa de la dignidad humana exige no permanecer indiferentes ante quienes sufren abusos y ante las estructuras que convierten la violencia en una herramienta de control.
En Nicaragua, donde la represión ha marcado la vida política y social durante años, ese llamado adquiere una dimensión especial. El exilio, la persecución y las restricciones a las libertades han alterado la vida de numerosas familias, mientras miles de ciudadanos permanecen fuera del país.
La reflexión del obispo invita a no aceptar el miedo como destino ni la represión como una condición permanente de la convivencia social. También recuerda que la defensa de la libertad no se limita a las instituciones políticas: comienza con el reconocimiento de la dignidad y los derechos de cada persona.
Báez cerró su mensaje con una afirmación de esperanza frente a quienes convierten el miedo y la represión en instrumentos de dominio: los dictadores pueden intentar controlar el presente, pero no tienen garantizada la última palabra sobre la historia.
«Su aislamiento revela la fragilidad de un poder que no tiene futuro».


