Mons. Báez responde a la persecución de Ortega-Murillo: “No podrán destruir a la Iglesia”
Desde Miami, el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio José Báez, volvió a colocar la persecución contra la Iglesia católica nicaragüense frente al espejo de los regímenes totalitarios.
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DaríoMedios Internacional
8/23/20265 min read


La dictadura Ortega-Murillo puede perseguir sacerdotes, expulsar obispos, encarcelar religiosos y obligar al exilio a miembros de la Iglesia católica, pero no puede decidir cuándo termina la misión de una institución que, desde hace años, se ha convertido en una de las voces más críticas frente al poder.
Ese fue el mensaje central que monseñor Silvio José Báez dejó este domingo desde Miami, durante su homilía correspondiente al XXI Domingo del Tiempo Ordinario.
El obispo auxiliar de Managua dedicó su reflexión al Evangelio de Mateo y a la pregunta de Jesús a sus discípulos: “¿Quién dicen que soy yo?”. Pero, al trasladar esa reflexión a la misión de la Iglesia, Báez lanzó una advertencia que adquiere especial dimensión en la Nicaragua gobernada por Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Una Iglesia perseguida que se niega a someterse
Báez habló abiertamente de los intentos de los poderes totalitarios por controlar a la Iglesia y ponerla al servicio de intereses políticos.
“No debe sorprendernos que haya poderes totalitarios que pretendan adueñarse de la Iglesia para ponerla al servicio de sus intereses”, afirmó.
La advertencia describe uno de los principales conflictos que ha enfrentado la Iglesia católica nicaragüense durante los últimos años: la pretensión del régimen de silenciar cualquier voz religiosa que cuestione sus abusos o acompañe a las víctimas de la represión.
Para Báez, precisamente ahí reside la misión de una Iglesia que no renuncia a su papel profético.
Una Iglesia que defiende la vida, denuncia la injusticia y acompaña a las víctimas inevitablemente termina siendo incómoda para quienes pretenden ejercer un poder absoluto.
“Pueden atemorizar, amenazar, espiar, encarcelar y exiliar”
El momento más contundente de la homilía llegó cuando Báez describió los mecanismos mediante los cuales los poderes totalitarios intentan doblegar a la Iglesia.
“Pueden atemorizar, amenazar, espiar, encarcelar y exiliar a los miembros de la Iglesia, pero no podrán contra ella”, sostuvo.
En Nicaragua, cada una de esas palabras tiene un significado concreto.
La Iglesia ha denunciado amenazas contra sacerdotes, vigilancia, persecución, encarcelamiento y expulsiones del país. Obispos y sacerdotes han tenido que abandonar Nicaragua, mientras otros religiosos han permanecido bajo presión o han visto limitada su labor pastoral.
El propio Báez continúa su ministerio desde el exilio.
Pero lejos de convertirse en silencio, su salida de Nicaragua abrió una nueva etapa de denuncia y acompañamiento a los nicaragüenses desde el exterior.
Báez identifica el verdadero objetivo de la persecución
La persecución, según la reflexión del obispo, no busca únicamente castigar a determinados sacerdotes o religiosos.
Busca algo mucho más profundo: apagar la voz de la Iglesia.
Por eso Báez puso el foco en el miedo.
“Lo único que podría debilitar o desfigurar a la Iglesia no es la persecución que viene de fuera, sino el miedo que nace dentro de ella y apaga su voz profética”, afirmó.
La frase contiene una advertencia directa a quienes podrían sentirse tentados a guardar silencio frente al poder.
Para el obispo, el problema no es solamente que una dictadura persiga a la Iglesia. El verdadero triunfo del régimen ocurriría si consigue que la persecución produzca miedo suficiente para que la Iglesia deje de hablar.
La voz que incomoda al poder
Báez defendió precisamente el carácter incómodo de la Iglesia frente a los gobiernos que atropellan la dignidad humana.
“Muchas veces se vuelve incómoda por defender la vida y la justicia, por ser una voz crítica de todo poder absoluto que no respeta la dignidad de las personas y por estar, a imagen de Jesús, al lado de los pobres, las víctimas y los descartados por el mundo”, expresó.
En el caso nicaragüense, esa postura ha colocado a buena parte de la jerarquía católica en abierta confrontación con la dictadura.
La Iglesia ha acompañado a familias de presos políticos, ha denunciado violaciones de derechos humanos y ha cuestionado públicamente las acciones represivas del régimen.
Ese papel convirtió a sacerdotes y obispos en objetivos de la maquinaria de persecución de Ortega y Murillo.
El exilio no significa silencio
La situación de Báez representa una de las paradojas más fuertes de la persecución contra la Iglesia nicaragüense.
El régimen logró sacarlo físicamente de Nicaragua, pero no consiguió silenciarlo.
Desde Miami, el obispo continúa pronunciándose sobre Nicaragua y utilizando sus homilías para enviar mensajes a los fieles que permanecen dentro y fuera del país.
Su condición de exiliado tampoco ha reducido el alcance de sus denuncias.
Al contrario, cada mensaje suyo se convierte en un recordatorio de que la persecución puede modificar el lugar desde donde habla la Iglesia, pero no necesariamente puede apagar lo que tiene que decir.
“Nunca tendrá la última palabra”
Báez insistió además en que la persecución no debe interpretarse como una derrota.
Según su reflexión, la Iglesia puede ser calumniada, perseguida y llevada al sufrimiento, pero precisamente en esas circunstancias puede acercarse más al ejemplo de Jesucristo.
“Por dura que sea la persecución, quienes creemos en Jesús tenemos la certeza de que las fuerzas tenebrosas del mal nunca tendrán la última palabra”, afirmó.
Es una afirmación que adquiere especial significado para una Iglesia que ha visto a parte de sus pastores encarcelados, expulsados o forzados al exilio.
El mensaje del obispo es claro: el régimen puede ejercer control territorial y político, pero no tiene la última palabra sobre la fe ni sobre la conciencia de quienes continúan denunciando la injusticia.
Una advertencia a Ortega y Murillo desde Miami
Aunque Báez no pronunció los nombres de Daniel Ortega y Rosario Murillo durante el fragmento central de su homilía, el contenido de su mensaje se produce en un contexto inconfundible: una Iglesia nicaragüense perseguida por una dictadura que ha convertido la represión y el destierro en herramientas de control.
Desde Miami, el obispo auxiliar de Managua volvió a defender una Iglesia que no se arrodilla ante el poder político y que no acepta convertirse en instrumento de ningún régimen.
La dictadura puede intentar controlar sus templos, expulsar a sus pastores y castigar a quienes levanten la voz, pero Báez sostiene que existe una frontera que el poder no puede cruzar.
La conciencia.
Y por eso cerró su reflexión con una exhortación que resume el espíritu de toda su homilía:
“La Iglesia está en sus manos y bajo su protección. No tengamos miedo”.
En una Nicaragua donde el miedo ha sido utilizado como mecanismo de sometimiento, el mensaje de Báez vuelve a desafiar la lógica de la dictadura:
Pueden desterrar a los pastores, pero no pueden desterrar la voz de una Iglesia que decidió no callar.


