Miguel Obando y Bravo: el “prócer de la paz” que ayudó a la víbora

De advertir al pueblo sobre Daniel Ortega a bendecir su poder, la trayectoria de Miguel Obando y Bravo resume una de las alianzas más incómodas entre la Iglesia católica y el autoritarismo en Nicaragua.

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DaríoMedios Internacional

1/16/20263 min read

Era 1996. Desde el púlpito de la Catedral de Managua, Miguel Obando y Bravo lanzó una advertencia que quedó suspendida en la memoria colectiva del país. A pocas semanas de las elecciones presidenciales, pidió a los fieles no votar por Daniel Ortega. Dijo que la víbora muerde y mata.

Ortega no ganó aquellas elecciones. Sin embargo, el tiempo terminó por darle un carácter profético a las palabras del cardenal. Diez años después, la víbora regresó al poder y, desde entonces, Nicaragua se hundió en una espiral de represión: centenares de muertos, miles de encarcelados, desterrados y desnacionalizados. Lo que fue una advertencia pastoral se convirtió en una sentencia histórica.

Del púlpito crítico al altar del poder

Pero la historia de Obando y Bravo no siguió una línea recta. En 2005 ocurrió el giro que marcó su biografía. El cardenal no solo acogió a la víbora: la bendijo. Casó a Daniel Ortega y a Rosario Murillo, y selló un pacto político-religioso que transformó la confrontación en cercanía.

Como si se tratara de un milagro fabricado, el árbitro moral de los años de guerra mutó en aliado del poder. En la misma Catedral desde la que había advertido, Obando ungió a quienes luego consolidarían una de las dictaduras más prolongadas de la región.

El púlpito como herramienta electoral

Para 2011, la transformación era total. En archivos de ese año, el cardenal volvió a utilizar el púlpito, pero ya no para alertar, sino para influir en la intención de voto y facilitar la permanencia de Ortega en el poder. La imagen de Obando fue capitalizada por el régimen como un aval moral, útil para legitimar un proceso cada vez más autoritario.

Ese respaldo no fue gratuito. Ortega recompensó al religioso nombrándolo presidente de la Comisión de Paz y Reconciliación, institucionalizando una alianza que fue duramente cuestionada por sectores de la Iglesia católica y por la sociedad civil, que observaba con preocupación la fusión entre sotana y poder.

Honores y silencios incómodos

La relación se selló definitivamente en 2016, cuando la Asamblea Nacional, controlada por el oficialismo, declaró a Miguel Obando y Bravo “Prócer de la Paz y la Reconciliación”. Para muchos, aquel reconocimiento fue el pago simbólico de favores políticos y la confirmación pública de un pacto incómodo entre la jerarquía eclesiástica y el régimen.

Obando murió el 3 de junio de 2018, a los 92 años, en un país que volvía a hundirse en la represión estatal. Con su muerte se cerró una de las biografías más contradictorias de la historia reciente de Nicaragua: un cardenal que fue mediador en tiempos de guerra, pero que terminó legitimando a un poder autoritario en tiempos de paz aparente.

El uso póstumo del símbolo

Ni siquiera la muerte puso fin a la utilidad política de su figura. El sandinismo continuó explotando su imagen. Rosario Murillo ordenó erigir un monumento en su honor en el municipio de La Libertad, en Chontales, como parte de un intento por proyectar una falsa armonía con la Iglesia católica, mientras el régimen perseguía, expulsaba y encarcelaba a sacerdotes, obispos y comunidades enteras.

La narrativa oficial insiste en que el régimen no persigue a la Iglesia, “solo a algunos”. La imagen de Obando sirve como coartada simbólica.

El legado de una contradicción

Así se fue Miguel Obando y Bravo. Para algunos, un hombre de Iglesia que buscó la paz en un país desgarrado. Para otros, una figura que, en el momento decisivo, eligió el poder antes que la coherencia moral y ayudó a legitimar una dictadura convirtiéndose en el prócer de la paz que ayudó a la víbora.