Miedo y paranoia: la fragilidad de Gustavo Porras dentro del régimen Ortega-Murillo
Entre purgas, miedo y dependencia de Murillo, Gustavo Porras se sostiene en el poder bajo escolta permanente y rechazo interno.
ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA
DaríoMedios Internacional
1/20/20262 min read


Descrito por fuentes internas como uno de los cuadros más temerosos del oficialismo, el presidente de la Asamblea Nacional se mueve bajo escolta permanente, enfrenta rechazo en León y carga con el costo político de purgas internas que alimentan su aislamiento.
Dentro del engranaje del régimen Ortega-Murillo, Gustavo Porras es señalado por fuentes cercanas como uno de los hombres más inseguros y paranoicos del círculo de poder. Su mayor debilidad, aseguran, es el miedo constante a perder la protección de Rosario Murillo o a ser percibido como una amenaza potencial.
Ese temor se refleja en su comportamiento cotidiano. Cada vez que visita la ciudad de León, Porras se desplaza acompañado por policías o agentes de inteligencia. “Le da pavor caminar por las calles leonesas”, asegura una fuente con conocimiento de sus movimientos.
Rechazo en León y un historial de purgas
El rechazo hacia Porras en León no es nuevo. Diversos testimonios coinciden en que su figura quedó marcada por purgas internas ejecutadas bajo la lógica de lealtad absoluta al poder. Se le atribuye responsabilidad directa en la destitución de cuadros históricos y trabajadores vinculados a la UNAN-León, entre ellos figuras como Evertz Delgadillo.
Un ex trabajador municipal relata un episodio que ilustra su carácter volátil y su paranoia: durante una reunión en el segundo piso de la Alcaldía de León, un periodista oficialista comenzó a grabar el encuentro. “Porras se puso histérico, se levantó para golpearlo y lo insultó. Tuvieron que detenerlo y decirle: ‘Es de los nuestros, no te pongas así’”, recuerda.
Murillo conoce su debilidad
Fuentes internas aseguran que Rosario Murillo conoce y utiliza esa fragilidad. La inseguridad de Porras lo mantiene dependiente, contenido y funcional dentro del esquema de control. “Es miedoso, y eso lo hace manejable”, resume una fuente ligada a la estructura municipal.
El contraste en su comportamiento también ha sido notado por antiguos militantes sandinistas. Harvin Reyes, ex integrante de la Juventud Sandinista hoy en el exilio, recuerda que durante el acto del 18 de enero de 2026, cuando se declararon 21 sitios como patrimonio nacional, Porras se mostraba “mucho más tranquilo en Ciudad Darío que en León”.
Acompañado para aparentar poder
En los actos públicos recientes, Porras ha aparecido junto a Laureano Ortega, una cercanía que fuentes interpretan como un intento de proyectar fuerza y alineamiento con la sucesión dinástica. Sin embargo, esa imagen no logra disipar el malestar interno.
“La vieja guardia no lo tolera”, afirma un familiar de Delgadillo, purgado y posteriormente encarcelado por órdenes directas de Murillo. Según esta fuente, sectores jóvenes del sandinismo los llamados “cachorros” mantienen a Porras en la mira, viéndolo como ejecutor de purgas y no como un líder con peso propio.
Un poder sostenido por el miedo
Lejos de la imagen de hombre fuerte, el retrato que emerge es el de un funcionario atrapado por sus propias decisiones, sostenido más por el miedo que por el liderazgo. En el régimen Ortega-Murillo, la paranoia no es una anomalía: es un síntoma del desgaste interno y de la desconfianza permanente que atraviesa a sus principales operadores.
En el caso de Gustavo Porras, esa fragilidad se ha convertido en su principal rasgo político y en la razón por la que, paradójicamente, su lealtad absoluta también revela su debilidad estructural.


