Medidas desesperadas: Murillo exige procesiones en Nicaragua
Tras años de restricciones a las manifestaciones públicas de fe, el régimen Murillo-Ortega permitió salidas puntuales de procesiones en algunas parroquias, un gesto que analistas interpretan como una respuesta a las crecientes críticas internacionales por la represión religiosa en el país.
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DaríoMedios Internacional
4/2/20264 min read


Procesiones reaparecen tras años de prohibiciones
Entre sorpresa y confusión entre fieles católicos, el régimen de Rosario Murillo habría ordenado permitir salidas puntuales de procesiones en algunas parroquias del país, rompiendo parcialmente con las restricciones que durante años han limitado las manifestaciones religiosas en las calles de Nicaragua.
Durante los últimos años, especialmente después de la crisis política de 2018, las procesiones religiosas una de las expresiones más visibles de la fe popular fue progresivamente restringidas por el régimen. En muchos casos, las autoridades obligaron a las parroquias a realizar celebraciones exclusivamente dentro de los templos o bajo condiciones estrictas que impedían ocupar el espacio público.
La presencia policial alrededor de iglesias durante fechas religiosas importantes se convirtió en una escena habitual, mientras sacerdotes y fieles optaban por reducir o modificar las celebraciones para evitar confrontaciones con las autoridades.
Por ello, la aparición de procesiones en las calles durante esta Semana Santa ha provocado desconcierto entre creyentes que durante años se acostumbraron a celebrar su fe bajo vigilancia.
Jinotega: la procesión que rompió el silencio
El hecho más llamativo ocurrió este Miércoles Santo en el municipio de Jinotega, donde el sacerdote Rafael Ríos Gadea, identificado por distintos sectores como cercano al sandinismo, sorprendió a su congregación al sacar el Solemne Cortejo Procesional más allá de los muros de la Catedral San Juan Bautista.
La procesión recorrió varias calles de la ciudad ante la mirada desconcertada de los fieles, quienes durante los últimos años habían sido obligados a limitar estas manifestaciones religiosas al interior de los templos.
Muchos creyentes observaron la escena con cautela. Para algunos se trataba de una señal inesperada de apertura, mientras que para otros era un movimiento difícil de interpretar después de años en los que cualquier intento de sacar procesiones podía generar tensiones con las autoridades.
Las imágenes del cortejo recorriendo las calles de Jinotega rápidamente generaron comentarios entre comunidades religiosas, donde el gesto fue visto como un cambio inusual dentro de un contexto marcado por restricciones.
Un gesto que no pasa desapercibido
Para distintos sectores, la salida del cortejo procesional no sería simplemente un hecho aislado.
Analistas consideran que esta apertura selectiva podría responder a un cálculo político del régimen en medio de las crecientes denuncias internacionales sobre la situación de la libertad religiosa en Nicaragua.
En las últimas semanas, organizaciones de derechos humanos, gobiernos y funcionarios extranjeros han señalado que en el país persisten restricciones a las manifestaciones públicas de fe, especialmente durante la Semana Santa, una de las celebraciones religiosas más importantes para la población.
Las críticas también se han intensificado debido a otros episodios que han marcado la relación entre el régimen y la Iglesia católica: expulsiones de sacerdotes y monjas, presiones contra líderes religiosos, confiscación de propiedades vinculadas a la Iglesia y vigilancia constante a las actividades pastorales.
En ese contexto, permitir procesiones en determinados lugares podría servir al régimen como argumento para intentar demostrar que no existe una prohibición generalizada.
Una apertura controlada
Sin embargo, varios observadores consideran que estas autorizaciones puntuales no representan necesariamente un cambio real en la política del régimen hacia la Iglesia.
Por el contrario, sostienen que se trataría de una apertura controlada, cuidadosamente administrada para proyectar una imagen de tolerancia religiosa sin renunciar al control político sobre las actividades de las parroquias.
Desde esta perspectiva, las procesiones que han salido a las calles no responderían a una restitución plena de la libertad religiosa, sino a decisiones discrecionales del poder, donde las autorizaciones dependerían de criterios políticos o de la cercanía de determinados clérigos con el oficialismo.
Esto explicaría por qué las procesiones permitidas hasta ahora han ocurrido en contextos muy específicos y con actores que no representan una confrontación directa con el régimen.
Expectativa por el Viernes Santo
Algunos observadores no descartan que en los próximos días puedan producirse nuevas decisiones similares.
En particular, se especula que este Viernes Santo podrían autorizarse procesiones como las del Santo Entierro en determinadas parroquias del país, posiblemente bajo supervisión policial o con participación de sacerdotes considerados cercanos al oficialismo.
De ocurrir, estas autorizaciones permitirían al régimen mostrar una imagen de apertura en uno de los momentos más visibles de la Semana Santa.
Sin embargo, también reforzarían la idea de que las manifestaciones públicas de fe continúan dependiendo de decisiones políticas y no de un reconocimiento pleno de los derechos religiosos.
Fieles entre la esperanza y la cautela
Mientras tanto, las comunidades católicas viven estos acontecimientos con una mezcla de expectativa y prudencia.
Después de años en los que las procesiones fueron restringidas, ver nuevamente imágenes religiosas recorrer las calles genera emociones entre muchos creyentes.
Pero al mismo tiempo existe cautela.
Las decisiones del régimen han sido históricamente impredecibles, con cambios abruptos en políticas que afectan a distintos sectores de la sociedad.
Por ello, muchos fieles prefieren observar estos movimientos con prudencia, conscientes de que una autorización puntual no necesariamente significa un cambio duradero.
Una fe que resiste
A pesar de las restricciones de los últimos años, la religiosidad popular ha continuado manifestándose dentro de los templos y en espacios comunitarios.
Para muchos creyentes, la Semana Santa sigue siendo un momento central de la vida espiritual y cultural del país.
Por eso, más allá de los gestos puntuales que se puedan permitir o restringir, el deseo de numerosas comunidades religiosas es que las celebraciones puedan volver algún día a desarrollarse con normalidad en las calles, como ocurrió durante décadas.
Mientras tanto, la Semana Santa en Nicaragua continúa desarrollándose entre señales ambiguas del poder y una fe que, a pesar de las presiones, sigue buscando espacios para expresarse.


