La Segundona Rosario Murillo saca de la jugada al dictador Daniel Ortega
El Hudson Institute detecta una caída sostenida de las referencias a Daniel Ortega mientras Rosario Murillo y su hijo Laureano ganan protagonismo en el discurso oficial, alimentando las señales de una sucesión familiar.
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DaríoMedios Internacional
10/2/20265 min read


Rosario Murillo lleva años construyendo algo mucho más ambicioso que una posición de poder al lado de Daniel Ortega: busca convertirse en el centro de la dictadura. La mujer que durante décadas apareció como la segunda figura del régimen ha utilizado el aparato propagandístico bajo su control para aumentar su propia presencia, fortalecer la imagen de sus hijos y, al mismo tiempo, reducir progresivamente la exposición pública del hombre cuya figura dominó durante décadas el relato del sandinismo.
Un análisis atribuido al Hudson Institute sobre las intervenciones del monólogo diario de Murillo entre 2015 y 2026 identifica precisamente esa transformación: mientras las referencias propagandísticas a Rosario Murillo y a su hijo Laureano Ortega aumentan, las menciones a Daniel Ortega disminuyen. La tendencia resulta especialmente significativa porque se produce en el principal espacio desde el que Murillo fija diariamente el discurso político y propagandístico de la dictadura.
Murillo comienza a borrar a Ortega del relato oficial
El desplazamiento no significa que Ortega haya dejado de ser utilizado por el aparato propagandístico. Su imagen continúa apareciendo en actos públicos y en momentos cuidadosamente seleccionados. Pero la escena ha cambiado. Murillo es quien administra el discurso cotidiano, decide qué figuras reciben exposición y convierte cada aparición pública en una pieza de propaganda.
Durante años, Daniel Ortega fue el rostro prácticamente exclusivo del sandinismo. Su imagen estuvo ligada al regreso al poder en 2007, a la estructura partidaria y a la narrativa de la llamada Revolución Sandinista. Hoy, sin embargo, la maquinaria comunicacional de la dictadura está colocando cada vez más a Murillo y a su familia en el centro del relato.
La diferencia también puede observarse en la forma en que ambos aparecen públicamente. Mientras Ortega mantiene una presencia mucho más limitada, Murillo sostiene una exposición diaria y permanente. Es ella quien anuncia decisiones, fija posiciones, distribuye elogios, señala enemigos y marca el tono del discurso oficial. Ortega continúa siendo una pieza fundamental del poder, pero ya no monopoliza la representación pública del régimen.
Y allí aparece uno de los elementos más delicados del proyecto familiar: la sucesión no parece estar pensándose únicamente alrededor de la continuidad de Ortega, sino alrededor de quién controlará la estructura después de él.
Laureano gana terreno en la maquinaria familiar
El desplazamiento tampoco termina en Murillo. Laureano Ortega Murillo ha ganado un protagonismo cada vez mayor dentro de la estructura familiar y en la política exterior del régimen. Desde su designación como asesor presidencial en 2012, su agenda oficial se ha ampliado y, en los últimos años, ha recibido poderes para representar al Estado nicaragüense en acuerdos con Rusia, China y otros actores internacionales.
El País documentó en julio de 2026 el crecimiento de Laureano como una de las principales figuras asociadas a una eventual sucesión de Daniel Ortega. El medio también señaló que su imagen es promovida dentro de la propaganda oficial y que Rosario Murillo lo considera una pieza central de su proyecto familiar.
El movimiento resulta revelador: mientras Ortega pierde espacio dentro del relato propagandístico, Murillo gana protagonismo y Laureano adquiere mayor exposición internacional. La estructura que alguna vez dependió casi exclusivamente de la figura de Daniel Ortega se presenta cada vez más como una maquinaria familiar.
No es solamente una cuestión de propaganda. Laureano ha sido utilizado como enlace del régimen ante Moscú y Pekín y ha asumido funciones que lo colocan en una posición estratégica dentro de la estructura de poder. Su crecimiento político ha alimentado las interpretaciones sobre una eventual sucesión dinástica, aunque no existe consenso sobre quién ocuparía primero la cúspide de ese poder: Murillo o su hijo.
Una sucesión que lleva años tomando forma
Las versiones sobre los planes de Murillo para concentrar el poder en sus manos tampoco son nuevas. Fuentes internas del régimen han sostenido ante DaríoMedios Internacional que la dictadora lleva más de una década trabajando para consolidar una estructura que le permita reducir su dependencia política de Ortega y preparar las condiciones para asumir el control absoluto.
Estas versiones no pueden verificarse de manera independiente, pero coinciden con elementos que sí son observables: el crecimiento de la exposición pública de Murillo, la promoción de sus hijos, el ascenso político de Laureano y las transformaciones institucionales impulsadas por la dictadura.
Gil Guerra, del Hudson Institute, ha documentado y analizado las recientes reformas impulsadas por Ortega y Murillo como parte de un proceso de consolidación autoritaria. Su análisis sobre la reforma constitucional propuesta en 2026 señala cambios destinados a reforzar la permanencia del régimen y modificar las reglas institucionales del país.
La reforma a la Constitución chayista, el rediseño institucional y la eliminación de la competencia electoral forman parte de un mismo escenario de concentración del poder. En julio, Ortega incluso declaró públicamente que en Nicaragua no volvería a haber elecciones, mientras el régimen avanzaba hacia nuevas modificaciones legales y constitucionales.
En ese contexto, la pregunta por la sucesión deja de ser un asunto secundario. El régimen no solamente está construyendo mecanismos para permanecer en el poder: también está creando las condiciones para decidir quién ocupará ese poder cuando Daniel Ortega deje de ser su principal figura.
Y allí aparece la verdadera ambición de Murillo.
No se trata únicamente de ser la mujer que gobierna junto a Ortega. Se trata de construir una estructura capaz de funcionar sin él.
Murillo conoce perfectamente el valor de la propaganda. Sabe que el poder también se construye a través de las imágenes, de las palabras y de la repetición. Si durante años el régimen presentó a Ortega como el comandante indispensable, ahora la maquinaria comunicacional que controla está otorgándole cada vez mayor espacio a ella misma y a su descendencia.
El último obstáculo: el peso político de Ortega
Pero desplazar la imagen de Ortega de la propaganda no significa borrar su peso dentro del sandinismo. Daniel Ortega continúa teniendo un lugar histórico entre la militancia y las estructuras del Frente Sandinista que no puede desaparecer simplemente porque su esposa reduzca sus apariciones en los medios oficiales.
Ese puede ser uno de los mayores desafíos para cualquier proyecto sucesorio de Murillo. La propaganda puede modificar la imagen pública de un dirigente, pero no necesariamente puede borrar décadas de identificación política.
Por eso, el desplazamiento de Ortega dentro del aparato comunicacional resulta una pieza especialmente sensible. Una cosa es reducir sus apariciones; otra muy distinta es sustituir el peso político que todavía conserva dentro de las estructuras del sandinismo.
Aun así, las señales se acumulan. Murillo controla el aparato comunicacional. Sus hijos ocupan posiciones estratégicas. Laureano gana presencia internacional. Las instituciones son rediseñadas para reforzar el control familiar y, paralelamente, Daniel Ortega pierde espacio dentro del principal monólogo propagandístico de su propia esposa.
La transformación no ocurre de un día para otro. Se construye palabra por palabra, aparición por aparición, imagen por imagen.
Murillo quiere el poder sin compartirlo
Mientras desde fuera aumentan las presiones internacionales contra la dictadura, dentro de “El Carmen” también se libra una disputa silenciosa por el futuro del poder.
Y esa disputa tiene un nombre: Rosario Murillo.
La mujer que durante años fue presentada como la segunda al mando ha acumulado suficiente poder para intentar convertirse en la primera figura de una estructura que durante décadas tuvo a Daniel Ortega como su principal rostro.
El interrogante ya no es cuánto poder ha acumulado Murillo. Eso es evidente.
La verdadera incógnita es si conseguirá convertir ese poder en una sucesión controlada por ella.
Porque mientras Daniel Ortega continúa ocupando formalmente el centro de la dictadura, la maquinaria propagandística que controla su propia esposa parece estar haciendo algo mucho más silencioso: reduciendo su presencia, desplazándolo del relato oficial y preparando el escenario para que la próxima etapa del poder lleve el sello de Murillo y de su familia.



