“La Purísima” como propaganda: Ortega-Murillo decretan feriado mientras intensifican la represión religiosa
Rosario Murillo oficializó el 8 de diciembre como feriado nacional, en medio de un clima de hostigamiento contra la Iglesia Católica, sacerdotes vigilados, procesiones prohibidas y denuncias internacionales que señalan a Nicaragua como uno de los países con mayor represión religiosa.
ESCENARIO NACIONALNACIÓN
DaríoMedios Internacional
11/28/20253 min read


Una celebración religiosa convertida en vitrina política
El régimen Ortega-Murillo decretó que el 8 de diciembre será feriado nacional obligatorio, alegando la celebración de La Purísima, una de las tradiciones marianas más importantes para los nicaragüenses. El anuncio fue transmitido por Rosario Murillo, quien exaltó “el fervor” y “la devoción del pueblo”.
Sin embargo, el decreto llega en un momento profundamente contradictorio: el mismo régimen que ahora se presenta como defensor de la tradición católica es señalado por organismos internacionales como uno de los gobiernos más hostiles hacia la Iglesia en América Latina.
La decisión, en apariencia administrativa, se lee también como una jugada política para mostrar normalidad religiosa en un país donde las expresiones públicas de fe han sido sistemáticamente restringidas.
La Purísima bajo vigilancia: un país donde la fe es celebrada en discurso, pero perseguida en la práctica
Desde 2018, la dictadura ha intensificado una ofensiva directa contra la Iglesia Católica:
Obispos como Rolando Álvarez y Silvio Báez desterrados o encarcelados.
Más de 1,000 ataques documentados contra templos, diócesis y obras pastorales.
Procesiones prohibidas bajo el pretexto de “seguridad pública”.
Sacerdotes encarcelados, vigilados y sometidos a interrogatorios.
Medios católicos cerrados o confiscados por el régimen.
Desaparición forzada temporal de clérigos, incluyendo casos recientes en Matagalpa y Managua.
En este contexto, declarar feriado nacional para una fiesta religiosa resulta paradójico.
Mientras se exalta la Virgen María desde la propaganda estatal, se persigue a quienes la celebran desde la libertad de culto.
Un feriado que esconde presión internacional
La declaración de feriado no ocurre en el vacío. Llega en un momento de creciente escrutinio global:
La Comisión de EE. UU. para la Libertad Religiosa Internacional (USCIRF) incluyó a Nicaragua entre los peores violadores de la libertad religiosa.
El Departamento de Estado designó al país como País de Preocupación Particular (PPC), al nivel de China, Irán y Corea del Norte.
El Vaticano ha expresado preocupación por la situación de obispos y sacerdotes perseguidos.
La ONU registra un patrón sistemático de represión contra la Iglesia como parte del ataque generalizado contra la población civil.
Ante este escenario, analistas consideran que el feriado busca enviar un mensaje simbólico de tolerancia religiosa, pese a que la realidad demuestra lo contrario.
La devoción del pueblo frente al control del Estado
En diversas parroquias del país, los fieles viven La Purísima con un temor latente:
En algunos municipios, la policía exige permisos especiales para rezos comunitarios.
El uso de altavoces, procesiones, vigilias o aglomeraciones es monitoreado.
Sacerdotes reciben llamadas de advertencia cuando sus homilías son consideradas “críticas”.
Familias celebran puertas adentro por miedo a repercusiones.
La celebración mariana, que por generaciones unió al país, ahora se desarrolla entre devoción popular y control estatal.
Un feriado que revela la contradicción central del régimen
Mientras el régimen proclama “paz”, “fe” y “devoción”, continúa atacando a la institución que más ha acompañado a las víctimas de la represión estatal desde 2018.
La Purísima se convierte en un espejo incómodo: un día de fe que evidencia la persecución religiosa más grave en la historia reciente del país.
¿Puede un gobierno celebrar públicamente una tradición religiosa mientras reprime las expresiones de fe que no controla?
Para miles de nicaragüenses, la respuesta ya está escrita en las calles, en las parroquias vigiladas y en los rostros de los sacerdotes forzados al exilio: la fe sigue viva, pero bajo asedio.


