La presunta traición que entregó a Maduro, desata temor en Ortega y Murillo

La caída de Nicolás Maduro no solo reconfigura el tablero político regional, sino que ha encendido alarmas dentro de otros regímenes autoritarios.

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DaríoMedios Internacional

1/5/20262 min read

En Nicaragua, el impacto se traduce en silencio, desconfianza y un reforzamiento de la seguridad alrededor del círculo de poder encabezado por Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Según el periodista y escritor Jaime Bayly, la entrega de Maduro a las autoridades estadounidenses no habría sido consecuencia exclusiva de presiones externas, sino el resultado de una traición gestada desde su entorno más cercano. Bayly sostiene que figuras clave del chavismo, entre ellas Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez, habrían facilitado información determinante sobre la ubicación del mandatario venezolano y de su esposa, Cilia Flores.

De acuerdo con este análisis, el quiebre interno respondió a ambiciones políticas y al desgaste provocado por la negativa de Maduro a aceptar un exilio negociado. La pérdida de respaldo dentro del alto mando chavista habría acelerado su caída, evidenciando que la lealtad en los regímenes autoritarios es frágil cuando el poder se convierte en un obstáculo para quienes aspiran a sucederlo.

Mientras estos hechos sacudían a Venezuela, en Nicaragua la reacción oficial fue mínima. El régimen sandinista se limitó a emitir un comunicado breve, sin mayores explicaciones, mientras Ortega y Murillo evitaron pronunciamientos públicos amplios. El silencio, más que prudencia diplomática, ha sido interpretado como una señal de inquietud.

En Managua, el caso venezolano activó alertas internas. El complejo de El Carmen, donde reside el núcleo del poder, permanece bajo una vigilancia reforzada. Analistas coinciden en que Ortega y Murillo observan la captura de Maduro como una advertencia directa: el mayor peligro para los regímenes autoritarios no siempre proviene de la oposición, sino de las fisuras internas y de la erosión de la confianza en sus propias estructuras políticas y de seguridad.

El impacto se profundiza mientras Maduro enfrenta a la justicia estadounidense. Este lunes, el dictador venezolano compareció ante un tribunal federal del bajo Manhattan, en Nueva York, donde se declaró “no culpable” de cuatro cargos penales, entre ellos narcoterrorismo y conspiración para el tráfico internacional de drogas.

“Soy inocente. No soy culpable. Soy un hombre decente”, afirmó ante el juez durante su primera audiencia.

Para Ortega y Murillo, el mensaje es claro y perturbador. El poder sostenido por el miedo, la vigilancia y la obediencia forzada puede resquebrajarse desde adentro. El caso Maduro expone que la lealtad absoluta no solo es inestable, sino que, en determinados contextos, puede convertirse en moneda de cambio. En los regímenes donde nadie confía en nadie, la traición deja de ser una excepción y pasa a ser una posibilidad permanente.