Entre leales y descartables: el aval político, bajo el control de Murillo, redefine quién sirve dentro del FSLN

Un mecanismo interno, no escrito pero determinante, redefine el acceso a oportunidades dentro del sandinismo: el aval político, una herramienta de control que desplaza trayectorias y premia lealtades recientes.

ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

DaríoMedios Internacional

4/16/20264 min read

El reclamo de un militante sandinista en Matagalpa dejó al descubierto una dinámica que, aunque pocas veces se admite públicamente, es ampliamente conocida dentro de las estructuras del Frente Sandinista: el peso determinante del llamado “aval político”.

A través de una publicación en redes sociales, el militante expresó su desencanto tras años de participación activa sin recibir oportunidades laborales dentro del sistema que apoyó. Su testimonio, lejos de ser un caso aislado, refleja una percepción que se repite entre cuadros medios y antiguos activistas.

“Antes, cuando era estudiante universitario, me involucraban en todas las actividades del FSLN. Había espacio, había reconocimiento. Después, siendo profesional, ya no me toman en cuenta”, escribió, evidenciando una ruptura entre la militancia histórica y las dinámicas actuales de acceso al poder.

El aval político: la llave que abre o cierra puertas

En el centro de esta inconformidad aparece un elemento clave: el aval político.

Este documento, emitido por estructuras territoriales del partido como el secretario departamental del FSLN en Estelí y actual alcalde, Francisco Valenzuela se ha convertido en un requisito determinante para acceder a empleos, contratos o posiciones dentro de instituciones públicas, estructuras partidarias e incluso en ciertos espacios del sector privado.

Aunque no está formalmente regulado en ninguna normativa pública, su peso es incuestionable. En la práctica, funciona como una certificación de confianza política, una especie de filtro que define quién tiene acceso a oportunidades… y quién queda fuera.

Más que un trámite, el aval político opera como un mecanismo de validación interna: no basta con haber militado, haber participado o haber sostenido una trayectoria dentro del partido. Lo que realmente importa es contar con el visto bueno de quienes controlan ese filtro.

Lealtad reciente por encima de trayectoria

Una de las críticas más recurrentes dentro de las bases sandinistas es que el sistema actual ha desplazado el valor de la trayectoria.

Militantes con años de participación activa denuncian que hoy su experiencia pesa menos que la cercanía o alineamiento con liderazgos territoriales o estructuras de poder más recientes. En ese contexto, la lealtad no se mide por el pasado, sino por la utilidad política en el presente.

“Es un mecanismo silencioso”, explicó otro militante. “No se habla abiertamente, pero todos sabemos que sin ese aval no sos nadie”.

Esta lógica ha generado una reconfiguración interna donde algunos avanzan rápidamente, mientras otros incluso con mayor experiencia quedan relegados.

Un sistema que concentra control

Analistas políticos coinciden en que el aval político no es solo un instrumento administrativo, sino una herramienta de control interno.

Permite a estructuras locales y liderazgos territoriales consolidar poder, definir quién accede a recursos y, en última instancia, moldear la composición del aparato político. En ese sentido, no solo organiza, sino que también disciplina.

Pero este control no es completamente descentralizado.

Dentro del esquema de poder del sandinismo, estas dinámicas responden a una lógica más amplia que se articula desde la cúpula. En ese nivel, la figura de Rosario Murillo aparece como eje central de un sistema donde la lealtad no solo se espera, sino que se administra.

El aval político, en ese contexto, no es un simple documento: es parte de un engranaje que asegura alineamiento, reduce disidencias internas y redefine quién tiene valor dentro del sistema.

Silencio impuesto y críticas contenidas

El caso del militante de Matagalpa también dejó en evidencia otro elemento: el silencio.

Tras su publicación, usuarios en redes sociales reaccionaron no solo para cuestionarlo, sino para recordarle que ese tipo de reclamos “no se hacen en público”. Es decir, que incluso el descontento debe mantenerse dentro de ciertos límites.

Este tipo de reacciones refleja una cultura política donde las tensiones internas no se ventilan abiertamente, sino que se gestionan en espacios cerrados, muchas veces sin resolución.

Un discurso que ya no coincide con la práctica

Mientras el discurso oficial continúa exaltando la militancia, la lealtad histórica y el compromiso con el proyecto político, la práctica muestra otra realidad.

El acceso a oportunidades no responde necesariamente a esos valores, sino a dinámicas de validación interna donde el aval político se convierte en el factor decisivo.

Esto genera una contradicción evidente: se promueve una narrativa de inclusión y reconocimiento, pero en la práctica se construyen filtros que excluyen.

Entre la desmovilización y el desencanto

Las consecuencias de este sistema comienzan a sentirse en las bases.

Militantes que antes participaban activamente ahora se distancian o adoptan un rol más pasivo. No por falta de afinidad ideológica, sino por la percepción de que su participación ya no tiene el mismo valor.

El desencanto no siempre se expresa abiertamente, pero se traduce en menor movilización, menor involucramiento y, en algunos casos, en silencio.

Un sistema que ordena… y descarta

El aval político ha pasado de ser un instrumento interno a convertirse en un filtro determinante dentro del sandinismo.

Ordena, jerarquiza y distribuye poder. Pero al mismo tiempo, excluye, desplaza y redefine quién tiene espacio dentro del sistema.

En ese proceso, la lógica es clara: no todos valen lo mismo y en una estructura donde la lealtad se certifica, también se decide quién sobra.