El fatal pecado del ex comandante Bayardo Arce

Su caída no comenzó por corrupción ni por ambición desmedida, sino por un acto imperdonable dentro del régimen: hablar con franqueza y salirse, aunque fuera por un instante, del libreto del poder absoluto.

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DaríoMedios Internacional

1/29/20262 min read

Del combatiente al magnate del sandinismo

Bayardo Arce no corrió la suerte trágica de muchos guerrilleros que combatieron a la dictadura de Anastasio Somoza. La revolución que prometía democracia y libertad lo colocó, con los años, entre los hombres más influyentes del poder económico sandinista.

Convertido en asesor económico del régimen de Daniel Ortega, Arce acumuló una fortuna multimillonaria difícil de conciliar con los discursos de austeridad y justicia social que alguna vez defendió. Durante décadas fue un intocable, un operador clave entre el Gobierno y el gran empresariado, el cerebro del modelo de “diálogo y consenso” que sostuvo económicamente al régimen.

Ese estatus, sin embargo, no era eterno.

Abril de 2018: el inicio de la caída

La caída de Bayardo Arce comenzó a gestarse en abril de 2018, en medio del estallido social provocado por las reformas al sistema de seguridad social. En ese contexto, Arce cometió lo que muchos dentro del sandinismo consideran su gran pecado político: hablar con demasiada franqueza.

En una entrevista televisiva, Arce reconoció que el Gobierno de Ortega actuó bajo presión financiera, urgido por el riesgo de iliquidez del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Admitió que las reformas se aprobaron sin esperar los plazos solicitados por el sector empresarial, revelando una decisión improvisada y forzada desde el poder.

Aquella admisión rompió la narrativa oficial.

El punto de no retorno

No fue lo único. En esa misma entrevista, Arce se refirió abiertamente a la libertad de los sectores sociales para pedir la salida de Daniel Ortega, una frase que, en el contexto de un régimen que no tolera el disenso, selló su destino.

Esas palabras fueron leídas por Rosario Murillo no como un desliz, sino como una amenaza interna. Desde entonces, Arce dejó de ser un aliado confiable para convertirse en un enemigo a destruir.

El castigo no fue inmediato, fue paciente, fue total.

Siete años después, la sentencia

Siete años más tarde, Bayardo Arce fue condenado por lavado de activos, en un proceso que también señaló a su esposa, Amelia Ibarra Rojas, y a su cuñado, Amílcar Ibarra, quienes lograron escapar del país.

La vida de opulencia, privilegios y protección política llegó abruptamente a su fin. El hombre que durante años fue sinónimo de poder económico pasó al aislamiento y la desgracia, convertido en ejemplo de lo que ocurre cuando alguien se sale del guion impuesto por el poder absoluto.

El reparto del botín

Fuentes cercanas al entorno sandinista aseguran que Arce observa ahora, desde la marginación, cómo Rosario Murillo se apropia de la riqueza y de los espacios de poder que alguna vez estuvieron bajo su control.

No se trata solo de una condena judicial, sino de una reconfiguración interna del poder económico, donde antiguos operadores son desplazados y sus activos redistribuidos dentro del círculo más cercano a la pareja gobernante.

El verdadero pecado

Bayardo Arce sobrevivió a la guerra, acumuló millones en tiempos de paz y defendió públicamente, aunque fuera por un instante el derecho a disentir. Ese fue su verdadero pecado.

En un régimen donde la lealtad absoluta es la única moneda válida, decir la verdad equivale a traición.

El hombre que ayudó a construir el modelo económico del sandinismo terminó devorado por el mismo sistema que sostuvo durante décadas.