El ascenso de Fidel Moreno: lealtad, silencio y control

Desde las sombras, Fidel Moreno ejecuta el poder duro del sandinismo y asegura obediencia en las estructuras clave del Estado.

ESPECIALESESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA

DaríoMedios Internacional

1/25/20262 min read

Sin cargos electos ni protagonismo público, Fidel Moreno se convirtió en uno de los engranajes más influyentes y temidos del régimen. Su ascenso, basado en lealtad absoluta y ejecución sin cuestionamientos, lo posicionó como garante del control interno, especialmente en el aparato judicial.

Fidel Moreno no llegó al corazón del poder sandinista por accidente ni por carisma. Su ruta fue otra: silenciosa, disciplinada y calculada. Aprendió temprano que, en la Nicaragua de Daniel Ortega, no asciende quien cuestiona, sino quien ejecuta.

Formado en las filas de la Juventud Sandinista, Moreno entendió que la ideología era secundaria. La verdadera moneda de cambio era la lealtad ciega. Mientras otros se desgastaban en consignas y actos partidarios, él afinaba una habilidad más rentable: cumplir órdenes sin dejar rastro.

Rosario Murillo y la lógica del control

Su eficacia lo fue acercando al núcleo real del poder: Rosario Murillo. Con ella aprendió una máxima que define al régimen: gobernar no es aparecer, es controlar. Desde entonces, Moreno dejó de ser un cuadro juvenil para convertirse en operador estratégico.

No habla, no polemiza, no concede entrevistas. Ejecuta.

Managua como laboratorio

La Alcaldía de Managua fue su campo de prueba. Sin ocupar la alcaldía, Moreno se transformó en el hombre fuerte de la comuna capitalina. Contratos, reordenamientos internos, castigos administrativos y decisiones clave pasaban por su filtro.

En los hechos, Managua operó como un laboratorio de control político, donde se ensayaron mecanismos de disciplina institucional que luego se replicaron en otras áreas del Estado.

Intocable y temido

Ningún otro dirigente salido de la Juventud Sandinista acumuló tanto poder sin exposición. Acceso directo a Murillo, influencia transversal y una protección política que lo volvió intocable.

Ese ascenso también generó tensiones internas. Dentro del sandinismo se le reconoce como alguien que no responde a estructuras intermedias, sino directamente al despacho de la llamada “copresidenta”. Su figura provoca recelo, pero nadie la confronta.

La mano invisible en la justicia

Con el tiempo, su radio de acción se extendió al poder judicial. Fuentes del ámbito jurídico coinciden en señalarlo como pieza clave en purgas internas silenciosas: jueces desplazados, funcionarios removidos, cuadros incómodos neutralizados.

Moreno no firma resoluciones ni aparece en comunicados. Su rol es otro: garantizar obediencia. Para exfuncionarios, es la mano de hierro que asegura que el aparato judicial funcione como brazo político, no como poder independiente.

Acumulación sin ruido

Su discreción también define su relación con el dinero y la influencia social. Sin ostentación pública, Moreno ha tejido vínculos en estructuras administrativas y deportivas, espacios funcionales para mover recursos, ampliar redes y ganar legitimidad, siempre lejos del escrutinio.

No construye imagen, construye control.

Analistas lo describen como un administrador del poder duro. No es ideólogo ni líder de masas. No persuade: impone. En un régimen donde la legitimidad se erosiona y el miedo se convierte en método, perfiles como el suyo resultan indispensables.

El poder que decide sin mostrarse

La cercanía con Rosario Murillo sigue siendo su mayor activo. Ella confía en su capacidad para ejecutar sin titubeos, asumir costos políticos y mantener el orden interno.

En un escenario marcado por tensiones, sucesión incierta y desconfianza interna, Fidel Moreno no busca cámaras ni aplausos. Se mueve donde realmente importa.

Porque en la Nicaragua actual, el poder no siempre se vota, no siempre se anuncia y no siempre se ve, pero decide, y Fidel Moreno encarna exactamente eso.