Dos dictaduras envejecidas y un mismo fantasma: "La sucesión"

Los reportes sobre el grave estado de salud de Raúl Castro vuelven a sacudir al régimen cubano, mientras en Nicaragua los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo avanzan en una reforma constitucional que modifica las reglas del poder en medio de nuevas interrogantes sobre el futuro del régimen sandinista.

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DaríoMedios Internacional

9/2/20264 min read

La situación de salud de Raúl Castro ha vuelto a generar alarma en Cuba y entre sus aliados políticos. Medios de Miami reportaron que el dictador cubano, de 95 años, se encuentra gravemente enfermo y recibe asistencia médica, mientras versiones citadas por esas publicaciones señalan un posible accidente cerebrovascular. Hasta ahora no existe confirmación pública de su muerte, pero la gravedad de los reportes ha reabierto una discusión inevitable sobre quién asumiría el control de la estructura política cubana ante una eventual desaparición del último gran dirigente histórico de la revolución después de Fidel Castro.

El momento adquiere especial relevancia para Nicaragua debido a la estrecha relación política que durante décadas mantuvieron Raúl Castro y Daniel Ortega. Cuba ha sido uno de los principales aliados internacionales del régimen sandinista y el vínculo entre ambos sistemas políticos se ha mantenido incluso después de los cambios formales en la dirigencia cubana. Por eso, cualquier desenlace en torno a Raúl Castro tendría una dimensión que trasciende las fronteras de la isla y sería observado con especial atención por los dictadores de El Carmen.

Ortega también está bajo el foco

Mientras crecen las versiones sobre la salud del dictador cubano, en Nicaragua también han circulado reportes sobre un deterioro físico de Daniel Ortega. Las versiones no cuentan con una confirmación independiente que permita establecer la gravedad real de su condición, pero adquieren una dimensión política particular porque Ortega, de 80 años, continúa siendo el principal referente del régimen sandinista.

La diferencia es que en Nicaragua la discusión sobre la sucesión ocurre mientras Rosario Murillo y Ortega están modificando las propias reglas del sistema político. El 2 de septiembre, la Asamblea Nacional controlada por el régimen aprobó en primera legislatura la reforma constitucional impulsada por la pareja dictatorial, con la que los períodos de los cargos electos pasan de seis a siete años y se incorporan disposiciones que restringen la participación de sectores opositores en los procesos electorales. La segunda aprobación está prevista para enero de 2027.

La reforma también altera el calendario electoral nicaragüense y profundiza el control de la estructura institucional por parte del régimen. En ese contexto, las modificaciones a la Constitución Política adquieren una relevancia que va más allá de la permanencia inmediata de Ortega en el poder: consolidan un sistema diseñado para reducir al mínimo las posibilidades de alternancia y mantener el control político de la estructura que Ortega y Murillo han construido durante años.

El día después de Ortega

El punto central vuelve a ser Rosario Murillo. La copresidencia convirtió formalmente a la esposa de Ortega en parte del máximo nivel del poder estatal y la reforma constitucional refuerza el entramado institucional dentro del cual podría desarrollarse una eventual continuidad del régimen.

La sucesión, por tanto, ya no es una especulación distante. Es una cuestión que atraviesa directamente las decisiones políticas de los dictadores de El Carmen. Ortega envejece, Murillo concentra cada vez más funciones y los hijos de la pareja ocupan posiciones de influencia dentro de la estructura familiar y política que rodea al régimen. En paralelo, la oposición permanece excluida del escenario electoral y las instituciones han sido sometidas a un proceso sostenido de concentración de poder.

El escenario cubano ofrece un antecedente que los dictadores nicaragüenses conocen bien. La muerte de Fidel Castro no acabó con el castrismo. Raúl Castro garantizó la continuidad del sistema y posteriormente Miguel Díaz-Canel asumió formalmente la presidencia. El desafío actual para Cuba es determinar si esa estructura puede mantener su cohesión cuando desaparezca uno de los últimos dirigentes de la generación que acompañó a Fidel Castro desde los primeros años de la revolución.

En Nicaragua, el problema presenta características diferentes. Daniel Ortega y Rosario Murillo han concentrado el poder alrededor de su propia familia y han eliminado progresivamente los mecanismos que permitirían una alternancia política. Por eso, cualquier deterioro definitivo de Ortega no significaría necesariamente el final inmediato del régimen sandinista, sino la apertura de una disputa por el control de una estructura política construida para sobrevivir a la oposición y, ahora, también al paso del tiempo.

Dos aliados frente al mismo problema

No existe evidencia que permita afirmar que los problemas de salud atribuidos a Ortega y Raúl Castro estén relacionados. Lo que sí coincide es el momento político: dos dictaduras aliadas durante décadas enfrentan el desgaste de una generación de dirigentes cuya permanencia ha sido fundamental para mantener sus respectivos sistemas de poder.

En Cuba, los reportes sobre Raúl Castro colocan nuevamente en primer plano la incógnita sobre la sucesión. En Nicaragua, los dictadores de El Carmen están modificando las reglas institucionales mientras Daniel Ortega continúa al frente del régimen y Rosario Murillo consolida su posición.

La Organización de Estados Americanos, además, tiene previsto abordar nuevamente la crisis nicaragüense a nivel de cancilleres el 17 de septiembre, después de que 29 países respaldaran la convocatoria para discutir la situación del país.

El contexto internacional y el interno se cruzan en un momento especialmente delicado para Ortega y Murillo. Mientras la presión diplomática aumenta, el régimen acelera una transformación constitucional que limita todavía más la competencia política y prolonga los períodos de quienes controlan el Estado.

Las versiones sobre la salud de Raúl Castro pueden terminar siendo confirmadas o desmentidas, y lo mismo ocurre con las especulaciones sobre el estado físico de Daniel Ortega. Pero el hecho político ya está sobre la mesa: las dos dictaduras envejecidas deben enfrentar tarde o temprano una sucesión que durante décadas han intentado mantener fuera de la discusión pública.

En Nicaragua, Rosario Murillo parece estar preparando las condiciones para que la estructura de poder no dependa exclusivamente de la permanencia física de Daniel Ortega. Y mientras el dictador envejece, el régimen sandinista modifica la Constitución, reduce los espacios electorales y fortalece el andamiaje institucional que podría sostenerlo después.

El reloj biológico puede avanzar más rápido que cualquier calendario político, y los dictadores de “El Carmen” parecen saberlo.

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