Delcy Rodríguez y Rosario Murillo: del sometimiento a la traición en el poder autoritario

Ambas construyeron su ascenso desde la sombra, rompieron lealtades y consolidaron estructuras propias de control. Hoy, Delcy Rodríguez en Venezuela y Rosario Murillo en Nicaragua encarnan dos modelos de poder femenino ejercido sin límites.

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DaríoMedios Internacional

1/8/20262 min read

En dos extremos de América Latina, Delcy Rodríguez y Rosario Murillo se sostienen en el poder no por consenso, sino por el uso sistemático de la fuerza, la vigilancia y la traición política. Ambas comparten trayectorias marcadas por la subordinación inicial, la ruptura con sus antiguos aliados y la ambición de ejercer el control absoluto.

Formación académica y poder en la sombra

Rodríguez y Murillo poseen una formación académica que contrasta con la de los hombres a quienes acompañaron durante años.

Delcy Rodríguez es abogada, graduada en Derecho por la Universidad Central de Venezuela, con estudios especializados en derecho laboral y formación en Francia y el Reino Unido. Ejerció además como profesora universitaria. A pesar de su preparación, fue Nicolás Maduro con un perfil académico inferior quien se ganó la confianza de Hugo Chávez y fue ungido como sucesor en 2013.

Un recorrido similar se observa en Rosario Murillo. Con estudios en Gran Bretaña y Suiza, certificaciones en idiomas en la Universidad de Cambridge y una faceta conocida como escritora y poeta, Murillo convivió durante décadas con Daniel Ortega, cuya formación formal es prácticamente inexistente y cuya figura se construyó más sobre mitología guerrillera que sobre credenciales académicas.

De la lealtad al quiebre

Delcy Rodríguez ocupó cargos clave dentro del chavismo: ministra, diputada, canciller y vicepresidenta. Durante años pareció haber alcanzado el techo de su carrera política. Sin embargo, hoy es señalada por analistas y versiones internas de haber roto con Maduro y facilitado su entrega a fuerzas especiales estadounidenses. Horas después de la captura del dictador, Rodríguez asumió la Presidencia interina, confirmando un movimiento calculado y definitivo.

En Nicaragua, Rosario Murillo consolidó su poder desde los años ochenta, primero como activista y vocera del sandinismo, luego como figura central del aparato comunicacional y finalmente como vicepresidenta. Pero su ambición no se detuvo allí. En los hechos, Murillo ejerce el control real del poder: ninguna decisión se toma sin su autorización, ningún engranaje se mueve fuera de su voluntad.

Represión y control absoluto

El ascenso de Murillo ha estado acompañado de una persecución sistemática contra figuras históricas del sandinismo y opositores internos. Su enfrentamiento con hombres que cuestionaron su autoridad ha tenido consecuencias devastadoras: desde la muerte de Humberto Ortega, hasta el encarcelamiento o desaparición política de figuras como Bayardo Arce y Lenín Cerna, hoy ausente del escenario público.

Al igual que Rodríguez, Murillo rompió con quien fue su principal aliado. Daniel Ortega permanece recluido en El Carmen, con movilidad restringida y un rol cada vez más simbólico. La llamada “copresidencia” es, en la práctica, una figura decorativa: Murillo ejerce el poder sin intermediarios.

Redes propias y sanciones internacionales

Tanto Delcy Rodríguez como Rosario Murillo han tejido redes de poder personal que operan en silencio, pero con eficacia. Ambas están sancionadas internacionalmente por violaciones a los derechos humanos y por socavar los sistemas democráticos de sus países. No buscan ya protección ni anonimato: buscan control total.

Lejos de ser figuras secundarias, Rodríguez y Murillo representan una nueva fase del autoritarismo latinoamericano: mujeres que dejaron atrás la adulación, rompieron lealtades y asumieron el poder sin escrúpulos. No quieren las sombras, quieren el mando y lo toman a cualquier precio.