Daniel Ortega enfermo y desaparecido mientras Rosario Murillo acelera la sucesión
El deterioro físico del dictador y su prolongada ausencia pública aceleran el colapso interno del régimen, mientras Rosario Murillo mueve las fichas de la sucesión en medio del silencio, el miedo y la opacidad absoluta del poder.
ESCENARIO NACIONALNACIÓNPOLÍTICA
DaríoMedios Internacional
1/13/20263 min read


El régimen de Nicaragua atraviesa uno de sus momentos más delicados. A la tensión regional provocada por el colapso del chavismo se suma ahora un factor interno de alto impacto: la prolongada ausencia pública de Daniel Ortega, rodeada de crecientes versiones sobre una grave crisis de salud mantenida bajo estricto secreto de Estado.
Ortega no ha sido visto en actos oficiales desde el pasado 14 de diciembre. En las próximas horas se cumplirá un mes completo sin apariciones públicas, un hecho inusual incluso para un mandatario acostumbrado al hermetismo. La falta de información oficial ha abierto espacio a filtraciones y especulaciones que apuntan a un deterioro significativo de su condición física.
Un secreto de Estado
En el lenguaje médico institucional, el régimen suele recurrir a fórmulas ambiguas como “grave pero estable”. Sin embargo, en el caso de Ortega, su estado de salud se maneja como información clasificada. Fuera de Rosario Murillo y un círculo extremadamente reducido de confianza, nadie tiene acceso directo a detalles sobre su condición real.
Fuentes cercanas al oficialismo han señalado que el dictador enfrenta complicaciones severas asociadas a padecimientos crónicos, entre ellos lupus con afectación renal, lo que habría derivado en tratamientos médicos constantes y altamente demandantes. La opacidad oficial no hace más que profundizar la incertidumbre.
Ausencias que pesan
La desaparición pública de Ortega resulta aún más significativa porque coincidió con dos momentos clave que exigían su presencia política. El primero, el respaldo explícito al régimen venezolano tras la captura de Nicolás Maduro, un hecho que sacudió el tablero autoritario regional. El segundo, la conmemoración de los 19 años consecutivos de poder del orteguismo, una fecha simbólica que históricamente ha sido utilizada para exhibir control y cohesión interna.
La ausencia del dictador en ambos escenarios fue interpretada por analistas como una señal inequívoca de debilidad. No se trató de una decisión estratégica, sino de una imposibilidad física y política para sostener la narrativa de fortaleza que el régimen ha intentado proyectar durante años.
Silencio en la cúpula armada
Mientras Ortega permanece fuera de escena, los principales operadores del aparato represivo entre ellos el director de la Policía Nacional y el jefe del Ejército han guardado un silencio absoluto. La cúpula observa, espera y mide los tiempos, consciente de que el comandante ya no ejerce el mismo control directo que durante décadas.
La ausencia prolongada ha comenzado a evidenciar fisuras internas y nerviosismo entre quienes dependen del equilibrio del poder para preservar privilegios y evitar rendición de cuentas futuras.
Murillo mueve las fichas
En paralelo, Rosario Murillo ha avanzado sin disimulo en la consolidación de su poder. Cuenta con una Constitución rediseñada a su medida, juramentos de lealtad de las fuerzas armadas y policiales, y la neutralización sistemática de cualquier figura interna que pudiera disputarle el mando.
En las últimas semanas, el régimen ha intensificado la propaganda alrededor de la figura de Ortega: documentales, canciones y discursos que buscan cerrar su ciclo político con un relato épico, mientras Murillo se posiciona como heredera natural del control absoluto del Estado.
Un régimen en cuenta regresiva
Todo indica que Daniel Ortega no cerró bien el 2025 y que el 2026 comenzó aún peor para el núcleo del poder. La combinación de deterioro físico, aislamiento político y presión internacional acelera un proceso de transición autoritaria que ya no se oculta, sino que se administra.
El tic tac avanza. Ortega se apaga en silencio, y Rosario Murillo se prepara para perpetuarse. En Nicaragua, el relevo no promete cambio, sino continuidad del autoritarismo bajo un nuevo rostro.



