Conmemoración de Abril: memoria contra la impunidad
En una misa celebrada en San José, la memoria no fue un acto simbólico, sino una expresión viva sostenida por familiares, organizaciones y sobrevivientes que continúan exigiendo justicia en un contexto donde las heridas siguen abiertas.
ESCENARIO NACIONALMUNDONACIÓNPOLÍTICA
DaríoMedios Internacional
4/20/20264 min read


La conmemoración tuvo lugar en la Iglesia San Francisco de Goicoechea, conocida como la “Iglesia de Ladrillos”, un punto de encuentro para la comunidad nicaragüense en Costa Rica. Decenas de exiliados participaron en la eucaristía, en una jornada que integró elementos religiosos, culturales y testimoniales, reflejando que la memoria de abril sigue activa fuera del país.
El sacerdote Rafael Aragón, expulsado de Nicaragua, recordó durante la ceremonia que quienes perdieron la vida representan un testimonio de convicción y fe, señalando el significado que estas víctimas tienen para quienes continúan denunciando lo ocurrido.
Cuando los nombres hicieron imposible el olvido
El momento más intenso de la jornada llegó cuando el sacerdote dio paso a las madres de Abril.
Una a una, comenzaron a pronunciar los nombres de sus hijos asesinados. No fue una lectura formal, sino un acto de memoria profundamente humano. Cada nombre rompía el silencio y recordaba que las víctimas no son cifras, sino vidas arrebatadas.
El ambiente dentro del templo se volvió denso, cargado de un silencio que no era vacío, sino peso. Las voces de las madres sostuvieron ese momento con firmeza, sin detenerse, reafirmando la necesidad de nombrar para no olvidar.
En ese ejercicio de memoria, también se hizo evidente que la violencia no se ha limitado al pasado ni al territorio nacional. Al evocarse otros casos, se puso en evidencia que la represión ha tenido efectos que trascienden fronteras y que siguen impactando a quienes han debido huir del país.
Exilio, memoria y silencio impuesto dentro de Nicaragua
Mientras estas conmemoraciones se realizan en el exterior, dentro de Nicaragua las posibilidades de recordar públicamente a las víctimas son cada vez más limitadas.
El exilio se ha convertido en el espacio donde la memoria se mantiene viva. Son las madres, los familiares y los sobrevivientes quienes, fuera del país, continúan pronunciando los nombres que dentro de Nicaragua muchas veces no pueden decirse.
El costo no es solo la distancia. Es también la responsabilidad de sostener una memoria que dentro del país enfrenta restricciones. En cada acto, en cada palabra, el exilio carga con el peso de hablar por quienes han sido silenciados.
Abril: una herida que sigue abierta
Las protestas de Abril de 2018 marcaron un punto de quiebre en Nicaragua. Lo que comenzó como una manifestación social se convirtió en una crisis nacional tras la respuesta represiva del Estado.
El saldo fue devastador: cientos de personas asesinadas, miles de heridos y un éxodo que transformó al país.
Ocho años después, esa historia no ha sido cerrada. No hay verdad judicial ni responsables condenados. Para las familias, abril no es un recuerdo distante, sino una herida que sigue presente.
Justicia pendiente y presos políticos
La exigencia de justicia continúa siendo central en cada conmemoración.
A los nombres de quienes fueron asesinados se suman hoy los de los presos políticos que permanecen detenidos en Nicaragua. Las denuncias sobre sus condiciones y la falta de garantías legales han sido reiteradas por organismos de derechos humanos.
Las familias no solo recuerdan a sus muertos. También exigen la liberación de quienes siguen privados de libertad por razones políticas.
La conmemoración, en ese sentido, no se limita al pasado: es una denuncia activa del presente.
Dos narrativas que no coinciden
Mientras en el exilio se honra a las víctimas y se exige justicia, dentro de Nicaragua el discurso oficial insiste en una narrativa de “paz” que evita reconocer la magnitud de la represión y sus consecuencias. Esta diferencia no responde únicamente a enfoques distintos, sino a una disputa de fondo por la memoria y por la forma en que se construye el relato de lo ocurrido.
Por un lado, están las familias que continúan nombrando a sus muertos, reconstruyendo sus historias y denunciando la falta de respuestas. Por otro, una narrativa institucional que intenta presentar los hechos como superados, desplazando a las víctimas del centro de la historia. En ese contraste se evidencia una tensión permanente entre quienes buscan mantener viva la memoria y quienes insisten en cerrar un capítulo que, para muchos, sigue abierto.
Memoria como resistencia
En este contexto, recordar no es un gesto simbólico ni una práctica limitada a la conmemoración. Es una forma sostenida de resistencia frente al intento de imponer el olvido como única salida.
Cada nombre pronunciado, cada historia reconstruida y cada espacio de memoria que se abre fuera de Nicaragua representa una afirmación de que lo ocurrido no puede ser reducido ni borrado. El exilio ha asumido ese papel: sostener la memoria cuando dentro del país las condiciones no permiten hacerlo con libertad. En ese ejercicio, la memoria deja de ser individual y se convierte en colectiva, en una herramienta que mantiene vigente la exigencia de verdad y justicia.
A ocho años de Abril de 2018, la memoria no se ha diluido ni ha perdido fuerza con el paso del tiempo. Por el contrario, se ha transformado en un eje central desde el cual las familias, las organizaciones y el exilio continúan articulando su demanda de justicia.
Los nombres siguen siendo pronunciados, las historias siguen siendo contadas y el reclamo permanece intacto. No se trata únicamente de recordar lo ocurrido, sino de insistir en que la ausencia de respuestas no puede convertirse en normalidad. Mientras no exista verdad ni rendición de cuentas, la historia no puede darse por concluida.
Para quienes perdieron a sus hijos, Abril no es un hecho del pasado ni una fecha en el calendario. Es una realidad que sigue presente, que se reactiva en cada conmemoración y que continúa marcando la vida de quienes aún esperan justicia.


