Casa Miskita: exilio forzado, resistencia indígena y el liderazgo de Mamá Tara
El exilio rompió la vida comunitaria de la población misquita. Frente a esa fractura, Casa Misquita se convirtió en un punto de encuentro desde el exilio, donde la identidad y la resistencia siguen vivas fuera de Nicaragua.
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DaríoMedios Internacional
2/10/20268 min read


El olor del rondón de res y de pescado, junto con el aroma del queque de quequisque y el queque de yuca, platillos propios de la Costa Caribe nicaragüense, invaden los alrededores de Casa Miskita, un emprendimiento creado por un grupo de mujeres misquitas exiliadas en San José, Costa Rica. De lunes a sábado, a partir de las siete de la mañana, el local abre sus puertas y ofrece sabores ancestrales que conectan con la memoria y la identidad.
Este negocio, donde la sazón caribeña nicaragüense encanta el paladar de niños y adultos de diversas nacionalidades, está ubicado a partir de la Catedral Metropolitana, 600 metros al norte y 25 metros al este, en la capital costarricense.
Casa Miskita es liderado por doña Susana Marley Cunningham, de 67 años, conocida como Mamá Tara (en lengua misquita) o Mamá Grande (en español). Defensora histórica de los derechos de los pueblos indígenas, es originaria de Waspam, en la Costa Caribe Norte de Nicaragua.
El exilio como herida abierta
En la vida de doña Susana no todo ha sido color de rosa. En dos momentos distintos ha tenido que abandonar su tierra para salvar su vida. El primer exilio ocurrió en la década de 1980, durante el primer gobierno de Daniel Ortega, cuando se desató una persecución contra las comunidades indígenas asentadas en la ribera del río Coco.
Entre 1981 y 1982, el entonces Ejército Popular Sandinista capturó a decenas de misquitos, muchos de los cuales fueron asesinados, provocando un desplazamiento forzado de comunidades enteras. Organismos locales de derechos humanos denunciaron en ese momento una política de exterminio contra el pueblo misquito. Este periodo es recordado como la llamada “Navidad Roja”, ocurrida en diciembre de 1982.
En ese contexto, doña Susana impartía clases a indígenas y campesinos en centros educativos donde se hablaba español. La persecución la obligó a exiliarse para resguardar su vida. Desde entonces, ha dedicado gran parte de su existencia a denunciar hechos de violencia, asesinatos, invasiones armadas de colonos y violaciones sistemáticas a los derechos humanos en las zonas rurales de la Costa Caribe Norte y Sur de Nicaragua.
Las esperanzas de regresar a casa
Durante la década de 1990, Mamá Tara regresó a su natal Waspam para continuar la defensa de su pueblo. Sin embargo, hace tres años volvió a exiliarse en Costa Rica, luego de que el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo criminalizara nuevamente su labor comunitaria en favor de las comunidades afectadas por el paso de los huracanes Eta e Iota en noviembre de 2020.
“En el desplazamiento de los años 80 fue muy triste. Inició la guerra contra los misquitos en la Navidad Roja. Fue una persecución terrible: la mayor parte de nuestra gente se fue a Honduras y otra parte se quedó en Nicaragua. Eso da mucha tristeza. Nosotros, los pueblos indígenas, somos amantes de la paz. Vivimos en nuestras propias tierras, sembramos y cosechamos, no le robamos a nadie”, relata Mamá Tara.
Pese a esa vocación pacífica, la lideresa reprocha que las comunidades indígenas continúen sufriendo episodios reiterados de violencia. Las invasiones armadas de colonos han provocado asesinatos de misquitos que, en la mayoría de los casos, permanecen en la impunidad.
“Las tierras indígenas son un derecho ancestral. Nosotros vivimos ahí, no invadimos tierras ajenas en el Pacífico de Nicaragua. Ahora estamos sobreviviendo en Costa Rica. Somos mujeres, somos indígenas, no tenemos armas para defendernos y aun así nos siguen asesinando”, dice entre lágrimas.
Mamá Tara sueña con volver algún día a Waspam para abrazar a su gente y retomar la vida comunitaria en sus propias tierras. “Estamos resistiendo con el poquito oxígeno que nos queda en el corazón. Resistimos en el exilio una situación muy difícil. Nos hace falta nuestra casa. Sabemos que nuestros derechos han sido violados y siguen siendo violados, pero tenemos la esperanza de regresar”, expresa con voz entrecortada.
Liderazgo en el exilio
Asentada en La Carpio, un barrio vulnerable en las periferias de San José, doña Susana se ha convertido en una lideresa comunitaria. Su vivienda funciona como centro de distribución de alimentos, ropa y colchones para misquitos que llegan a Costa Rica huyendo de la violencia estatal en Nicaragua.
Ante la barrera del idioma y la falta de documentos migratorios que enfrentan muchos afrodescendientes recién llegados, Mamá Tara, junto a otras mujeres, impulsó la organización Voces de Resistencia en el Exilio, desde donde brindan orientación en temas migratorios y acompañamiento comunitario.
Mamá Tara ha explicado cómo funcionan las leyes en Costa Rica y ha brindado acompañamiento a los misquitos que llegan en busca de refugio. También los ha orientado a como recibir atención médica.
Emprender como acto de resistencia
Como un acto de resistencia cultural y económica, Casa Miskita abrió oficialmente sus puertas el 7 de julio de 2025. El proyecto comenzó en 2023, cuando un grupo de mujeres se organizó en el colectivo Voz en Resistencia y empezó a reunirse en las llamadas “tardes de wabul”, espacios donde hablaban en su lengua, compartían alimentos y fortalecían lazos comunitarios.
Actualmente, unas 15 mujeres están al frente del negocio. Divididas en dos grupos, se distribuyen las labores diarias: unas cocinan, otras limpian y otras atienden a los comensales. Un grupo trabaja de lunes a miércoles y el otro el resto de la semana, combinando el emprendimiento con sus responsabilidades familiares.
“En esos encuentros comunitarios compartían recetas tradicionales, hablaban de los problemas que enfrentan sus comunidades y se acuerpaban. También buscaban apoyos institucionales. De ahí nació el restaurante”, explica un integrante de Prilaka, organización defensora de los derechos de los pueblos afrodescendientes de Nicaragua que hoy opera desde el exilio en Costa Rica.
El defensor, quien solicitó mantener su identidad en reserva por razones de seguridad, detalló que el proyecto contó con apoyo de Dakonia y de la Embajada de Francia, que aportó 43 mil euros para el equipamiento de la cocina y los primeros gastos operativos.
“También hubo acompañamiento de organizaciones como Cenderos, que las capacitó en manejo de alimentos y contabilidad. Aprendieron técnicas culinarias profesionales para cumplir con las normativas costarricenses y poner en marcha el negocio”, añadió.
Reconectar con las raíces
Fernando Palacios Blandón, representante legal de la organización Mujeres Raíz, con sede en Costa Rica, señaló que estos emprendimientos gastronómicos liderados por mujeres migrantes son fundamentales para preservar la identidad cultural en el exilio.
“Cocinar su comida ancestral representa una forma de reconectar con sus raíces y preservar su identidad, una dimensión clave de la dignidad humana. Estas mujeres mantienen vivas sus tradiciones y generan espacios de encuentro y solidaridad que fortalecen su bienestar emocional y sentido de pertenencia”, afirmó.
Palacios Blandón destacó que estos proyectos también enriquecen la diversidad cultural costarricense al promover el intercambio intercultural y el reconocimiento de distintas identidades desde el respeto y la valoración de las diferencias.
Asimismo, subrayó la importancia del acompañamiento institucional. “Brindar capacitación, orientación legal y redes de apoyo facilita la consolidación de emprendimientos sostenibles, garantiza el respeto a los derechos humanos y abre oportunidades de crecimiento en un marco de inclusión y justicia social”, señaló.
Empoderamiento y autonomía
Según Palacios Blandón, estos emprendimientos también funcionan como herramientas de empoderamiento y autonomía para mujeres migrantes forzadas a abandonar su entorno por violaciones a sus derechos.
“La cocina tradicional se convierte en una herramienta de inclusión, autosustento y participación social. Transformar el conocimiento ancestral en iniciativas productivas fortalece la agencia personal y comunitaria de estas mujeres”, puntualizó.
De acuerdo con Palacios Blandón, este tipo de emprendimiento, también sirve como estrategia colectiva frente a la exclusión estructural que viven muchas mujeres migrantes y refugiadas.
“Que sean ellas mismas quienes generen oportunidades laborales evidencia, por un lado, su capacidad organizativa y resiliencia; y por otro, las brechas persistentes en el acceso al trabajo digno para mujeres en contextos de movilidad humana”, finaliza.
Expansión de sabores milenarios
El chef nicaragüense y docente universitario César Choisellpraslin explicó que iniciativas como Casa Miskita, además de ser estrategias de supervivencia, fortalecen la multiculturalidad en los países de acogida.
“La migración es una experiencia dura, pero la gastronomía se convierte en una de las principales formas de subsistencia. La comida misquita es poco conocida, pero en un país multicultural como Costa Rica tiene un enorme potencial”, señaló.
Aunque Costa Rica posee su propio Caribe, Choisellpraslin destacó que la presencia de otras culturas afrodescendientes amplía el universo de sabores milenarios de los pueblos caribeños. Estas recetas ancestrales, transmitidas de generación en generación, aportan historia, identidad e idiosincrasia a las sociedades contemporáneas.
Aporte a la economía local
Un economista consultado para este reportaje y quien solicitó que su identidad no fuera revelada por temor a represalias, explicó que los emprendimientos surgidos en el exilio, además de cumplir con las normativas locales, aportan a la economía y mejoran la calidad de vida de quienes trabajan en ellos.
“Generar empleo es fundamental en un contexto de alto costo de vida. Estas mujeres aportan tanto a la economía local como al sustento de sus hogares”, afirmó.
El experto felicitó al grupo de mujeres por transformar la adversidad en oportunidad. “Son un ejemplo de organización y resiliencia. Ante la falta de empleo digno, crearon sus propias oportunidades. Estos liderazgos son dignos de admiración”, concluyó.
Más de 200 mil solicitudes de refugio pendientes
El exilio nicaragüense continúa creciendo sin precedentes. Desde 2018, más de 800 mil personas han salido del país, según estimaciones de organizaciones de derechos humanos y especialistas en migración. Detrás de esa cifra hay familias separadas, trayectos forzados y decisiones tomadas a contrarreloj para salvar la vida o la libertad.
El Informe Mundial 2026 de Human Rights Watch señala que, hasta mediados de 2025, más de 342 mil nicaragüenses habían solicitado asilo formal en otros países. Esta cifra no incluye a quienes permanecen en situación migratoria irregular o en tránsito.
Nicaragua se ubica así entre los principales países expulsores de población refugiada en América Latina. Para HRW, este éxodo no es accidental ni meramente económico, sino consecuencia directa de una política sostenida de represión por parte del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
En Costa Rica, autoridades migratorias reconocen que existen más de 200 mil solicitudes de refugio pendientes de resolución. No obstante, no hay datos oficiales que desagreguen cuántas de estas corresponden a población misquita.
A finales de 2025, la organización Voces de Resistencia registró de manera preliminar a unas 10 mil personas misquitas en Costa Rica, la mayoría en condición migratoria irregular. “Muchos no se acercan a Migración por temor a sufrir violencia institucional. Es un miedo que traen desde Nicaragua”, explicó un funcionario de Prilaka.
Aunque el regreso a su tierra sigue siendo un anhelo, las mujeres de Casa Miskita mantienen vivas sus costumbres en el exilio. A través de sus recetas ancestrales, su cultura resiste y se renueva, llevando los sabores del Caribe nicaragüense a mesas compartidas por nicaragüenses y costarricenses.
Con el auspicio del Fondo de Canadá para Iniciativas Locales de la Embajada de Canadá para Costa Rica, Nicaragua y Honduras.


Mujeres misquitas exiliadas preservan la cocina ancestral del Caribe nicaragüense en Costa Rica.


La embajadora de Francia, Alexandra Bellayer Roille. Dialoga con mujeres misquitas exiliadas durante una visita a Casa Miskita, en San José.


