Avilés blinda a Murillo-Ortega con el Ejército

Avilés respalda al régimen mientras Washington busca una respuesta hemisférica contra Managua.

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DaríoMedios Internacional

8/3/20264 min read

La crisis política de Nicaragua entra en una nueva fase. Mientras Daniel Ortega y Rosario Murillo avanzan en una nueva reforma constitucional para modificar las reglas del poder, el jefe del Ejército de Nicaragua, Julio César Avilés, coloca a la institución militar del lado de la continuidad del régimen y promete utilizar sus fuerzas para defender al país ante cualquier amenaza externa.

La declaración se produjo durante las consultas realizadas por la dictadura con el Ejército en torno a las reformas parciales a la Constitución. En ese escenario, Avilés aseguró que las Fuerzas Armadas están preparadas para defender la soberanía nacional frente a cualquier intento de injerencia extranjera.

Pero detrás del argumento de la soberanía existe una pregunta mucho más delicada: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar el Ejército para garantizar la permanencia de Ortega y Murillo en el poder?

La declaración del jefe militar ocurre precisamente cuando el régimen ha dejado prácticamente cerrada la posibilidad de unas elecciones competitivas y pretende modificar nuevamente el marco constitucional para blindar su permanencia.

El Ejército se alinea con la continuidad del régimen

La postura de Avilés confirma, según analistas, el estrecho vínculo existente entre la cúpula militar y el poder político de Ortega y Murillo.

El Ejército no aparece en este escenario como un actor neutral frente a la crisis institucional. Por el contrario, su jefe ha expresado públicamente disposición para defender al Estado frente a una supuesta amenaza extranjera, mientras la propia dictadura redefine las reglas constitucionales para garantizar su continuidad.

El problema es que el régimen ha convertido progresivamente la defensa de la soberanía en uno de sus principales argumentos para justificar el cierre político interno.

Ortega y Murillo hablan de defender Nicaragua frente a supuestas amenazas externas mientras avanzan en reformas que restringen la competencia política y buscan impedir que sectores opositores puedan acceder al poder mediante elecciones.

Así, la pregunta vuelve a aparecer: ¿se está preparando el aparato militar para defender a Nicaragua o para defender al régimen que controla el Estado?

Washington lleva el caso Nicaragua a la OEA

La declaración de Avilés llega en un momento especialmente delicado para la dictadura.

Estados Unidos solicitó la convocatoria urgente de una sesión extraordinaria del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos para analizar la situación de Nicaragua y las consecuencias de las recientes decisiones de Ortega.

La solicitud estadounidense pone el foco en dos hechos concretos: las declaraciones realizadas por Daniel Ortega el 19 de julio, cuando afirmó que Nicaragua no volverá a celebrar elecciones, y el anuncio posterior de una nueva reforma parcial de la Constitución.

Para Washington, estas acciones representan un deterioro todavía mayor del sistema democrático nicaragüense y requieren una respuesta coordinada de los Estados miembros de la OEA.

La misión estadounidense pidió que la reunión permita evaluar las consecuencias de las decisiones de la dictadura y considerar medidas colectivas apropiadas frente a las amenazas que, según Washington, representan para la estabilidad y la seguridad del hemisferio.

El mensaje es claro: Estados Unidos ya no estaría tratando el caso Nicaragua únicamente como una crisis interna.

Ortega abre un nuevo frente con Washington

La escalada ocurre además bajo la administración del presidente Donald Trump y con Marco Rubio como secretario de Estado, en un momento en que Washington ha endurecido su posición frente a los regímenes autoritarios de la región.

La decisión de llevar la situación de Nicaragua al Consejo Permanente de la OEA agrega una dimensión multilateral a la presión que ya enfrenta Ortega.

El régimen, por su parte, continúa avanzando en dirección contraria.

Mientras Estados Unidos plantea una respuesta colectiva, Ortega y Murillo impulsan reformas destinadas a controlar las condiciones bajo las cuales podría desarrollarse cualquier futura elección.

Y mientras Washington habla de coordinación hemisférica, Avilés habla de utilizar al Ejército frente a una eventual injerencia extranjera.

Dos posiciones completamente opuestas comienzan a encontrarse en el mismo escenario.

La amenaza de una crisis regional

La preocupación ya no se limita al futuro político de Nicaragua.

Los vínculos militares y estratégicos de Managua con potencias como Rusia, la retórica confrontativa del régimen y su decisión de cerrar definitivamente los espacios electorales han incrementado la preocupación de Estados Unidos y de otros gobiernos del hemisferio.

La declaración de Avilés agrega un elemento todavía más sensible: la posibilidad de que las Fuerzas Armadas terminen involucradas directamente en la defensa política de un régimen que se niega a abandonar el poder mediante elecciones libres.

Para los analistas, este escenario podría incrementar las tensiones y provocar una respuesta internacional más contundente.

La convocatoria solicitada por Washington a la OEA podría ser apenas el inicio de una estrategia colectiva destinada a aumentar la presión sobre Managua.

La dictadura se atrinchera

Ortega y Murillo parecen haber escogido el camino de la confrontación.

En lugar de abrir el sistema político, avanzan con reformas constitucionales. En lugar de anunciar elecciones libres, anuncian nuevas reglas para impedir que sus adversarios puedan llegar al poder. Y mientras Estados Unidos busca una respuesta regional, el jefe del Ejército promete defender la soberanía frente a cualquier amenaza extranjera.

El resultado es un escenario cada vez más peligroso.

La dictadura se atrinchera políticamente, el Ejército se declara dispuesto a defenderla frente a una eventual amenaza externa y Washington comienza a movilizar a sus aliados en el principal organismo político del hemisferio.

La crisis nicaragüense ya no parece ser solamente una disputa entre Ortega y sus opositores.

Ahora comienza a convertirse en un pulso entre la permanencia de la dictadura y la respuesta de un hemisferio que empieza a cerrar filas frente a Managua.

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